No cejaré en el empeño hasta conseguir que vuelva a ser mía. Si no lo logro, que la adversidad me muerda con saña y me convierta en un fracasado más. En un ser quejoso, lastimero y rendido, como esos muchos otros que se desgañitan en el dormitorio de la frustración. Ésos que llaman a gritos a esa suerte a la que no merecen ni como compañera de viaje.
Dicho esto para sus adentros en un tono involuntariamente teatral, acompañado de ciertos gestos de ira, como el de la mirada torva o el de los puños prietos, Satur Valcárcel, joven profesor de literatura y poeta publicado, llamó enérgicamente al timbre de aquella puerta que tenía enfrente. El eco del timbrazo llegó a los confines del mundo, y desde dentro de la casa se escuchó un interrogante y tímido quiénes.
- Reyes. Soy yo. Ábreme.
La mujer se refugió en un acobardado silencio.
- Puta, ábreme o te mato.
Dicho esto para sus adentros en un tono involuntariamente teatral, acompañado de ciertos gestos de ira, como el de la mirada torva o el de los puños prietos, Satur Valcárcel, joven profesor de literatura y poeta publicado, llamó enérgicamente al timbre de aquella puerta que tenía enfrente. El eco del timbrazo llegó a los confines del mundo, y desde dentro de la casa se escuchó un interrogante y tímido quiénes.
- Reyes. Soy yo. Ábreme.
La mujer se refugió en un acobardado silencio.
- Puta, ábreme o te mato.






