jueves 22 de julio de 2010

Ese trocito de acera

Se acerca el verano y el día se ha estirado en luces. Hace ya una semana que las tardes remolonean, antes de palidecer bajo una calima angosta y seca que por momentos le trae el solaz recuerdo de unas caricias de madre.
El taxi suele dejarla un par de calles más abajo. A pesar de los tacones, a Aisha le gusta andar hasta alcanzar su puesto de trabajo, saludando mientras tanto a las compañeras que se encuentra por la zona. No es que tenga amigas entre la profesión, pero algo similar al miedo a la invisibilidad, le mueve a saludar o a devolver el saludo con un gesto cortés.
Llega con los pezones doloridos porque Abhu se ha pasado hoy mamando. Quizá se parezca a su padre en lo glotón. Quizá, porque no puede asegurar con plena certeza cuál de los dos tipos que la violaron antes de embarcar es el padre del pequeño. En cualquier caso, piensa en los ojillos vivaces de Abhu mientras se alimenta, se roza el pecho con enorme suavidad por encima del corpiño que lleva puesto, y sonríe sin disimulo, al tiempo que llega a ese trocito de acera en el que desde hace ya casi un año viene pagando el precio del peaje.
Ahora, apoyada en el alféizar de la ventana de lo que otrora fue un colmado, en la parte de la calle que a estas horas le da la espalda al sol, se abanica y espera, con sus enormes piernas cruzadas y ronroneando cancioncillas infantiles, a que Ngu, su chulo, haga la primera ronda.

Quizá nos volvamos a ver en septiembre. Mientras tanto, si os apetece, podéis hacer de Elefantiasis vuestro libro del verano. Y regalarlo, claro.

jueves 8 de julio de 2010

Al piso 27, por favor


Ha amanecido con una congestión nasal de caballo. Estornuda, moquea y no paran de llorarle los ojos. Las noches de noviembre en Brooklin, distan mucho de ser de un templado caribeño y, por no saber decir que no, Baxter ya lleva un par de ellas a la intemperie. Castigo divino por su mansedumbre, deduce.
Sin embargo, como cada día, hoy también se ha levantado con la misma obsesión que le lleva motivando desde que hace seis años entró a trabajar en una de las compañías de seguros más grandes del país, conseguir ocupar un despacho que quede en un piso lo suficientemente alto como para que su trayecto en ascensor le produzca la sensación de ser interminable. Y es que además de ascender por ascender, a Baxter le encanta la ascensorista, una tal señorita Kubelik, tan dulce y chisposa como los sueños de éxito que él tiene las pocas noches que puede dormir en su propia casa.
Baxter, que por el apellido le conocen los compañeros, vive entre reverencias y síes condescendientes. Entre cederle su piso como picadero al jefe de personal, brindárselo al director de recursos humanos, ofrecérselo al de siniestros, o reservárselo, los jueves por la noche, al de contabilidad y riesgos. Cualquier cosa con tal de ganarse sus favores y de mantener maltrecha su escasa dignidad.
Y es que Baxter es tan bueno como tonto, tan tonto como ambicioso y tan ambicioso como propenso a los resfriados.


The apartment.- 1960.- Billy Wilder

jueves 24 de junio de 2010

La habitación azul

La habitación nació pensada de este color. Alguien, en su inmensa sabiduría, debió de imaginarla así en un tiempo imposible, anterior o por llegar, y desde un lugar que a buen seguro no existe.
Todo en ella respira azul. De azul suave, casi transparente, son los visillos que filtran una luz vespertina que sin duda anuncia lluvia. Son azules la colcha que reposa en el suelo, y las sábanas sudorosas que se enredan entre los sueños fatigados de la mujer.
De predominante azul son casi todos los cachibaches y recuerdos que ha ido acumulando desde que de niña vio por primera vez reflejados sus ojos en el espejo grande del armario de su madre, también sola. El marco de una foto en la que se la ve con trenzas y vistiendo de colores marineros. El jarrón de cristal teselado que reposa en el alféizar de la ventana y que se trajo de Ibiza en su único viaje en pareja. La lámpara de pie que compró para aquel rincón de aquella casa que nunca llegó a habitar. Y el tapizado del sillón de orejas que restauró cuando decidió irse a vivir con aquel tipo, al que más tarde descubrió compartiendo esas mismas intenciones pero con una mujer de ojos ligeramente lapislazulados.
Ella es rubia, de mejillas sonrosadas y tan dulce como tímida. Y le encantaría tener los ojos azules infinitos, y no del color de la tierra húmeda.
Acaba de masturbarse en esta tarde de domingo tediosa y calma. Todavía le tiemblan los muslos empapados. Tendida en ese colchón demasiado ancho, mira absorta como unas cuantas nubes estivales van invadiendo de un amenazante azul oscuro su ventana. A su lado, un libro de relatos de tacto áspero y tono cáustico cuya lectura no le hace ningún bien, uno de sus varios consoladores, y un vacío por llenar.
Se ve un relámpago y luego se escucha un espantoso trueno.


Para Nayra, que se marcha de viaje.


El día 2 de julio, Elefantiasis viaja a Valencia. Librería Primado.

jueves 10 de junio de 2010

Adiós, Michel


El coche recorre la carretera secundaria a una velocidad trepidante, alegre, desmedida. Es un peugeot blanco descapotable, robado un par de horas antes frente a la puerta de un comercio.
Mientras el humo de su interminable cigarro parte en dos su sonrisa, Michel devora con fruición cada kilómetro. Está contento. Adelanta con prisa irreverente, se salta los cruces a ciegas y fuerza el engranaje del vehículo con la temeridad del hombre optimista. Porque a Michel le sobra optimismo y le falta conciencia. Roba, tima, hoy incluso ha matado a un poli, pero todo lo hace con un humor excelente, algo infantil y vitalista.
Está contento, y seguro de la eficacia de su sencillo plan. Cobrará un dinero que le deben, se hará con otro coche para despistar a la pasma y mañana, a más tardar, saldrá de viaje con Patricia. Quizá vayan a Roma.
Michel cree que está enamorado de Patricia, aunque sólo hace un par de semanas que la conoció. Ese primer día la abordó de forma tosca y atropellada, después jugueteó con su cabello a lo garçon, mientras le susurraba disculpas picantes al oído y, al final, acabaron acostados. Desde entonces, y aunque sólo es la tercera vez que la ve, siente por ella algo que sólo se entiende desde esos estrechos márgenes que confunden el deseo y el amor. Así que se la llevará en ese viaje imposible que ha emprendido.
Y la verdad es que a Patricia, aunque a veces tenga la impresión de que a su lado se queda sin aliento, le divierten sus bufonadas, le excitan sus maneras en la cama y le enternecen sus aniñadas rabietas.

A bout de souffle.- 1960.- Jean-Luc Godard

Los lectores americanos ya pueden solicitar su ejemplar de Elefantiasis en la editorial.

jueves 27 de mayo de 2010

Lo que es eterno

Ella ha quedado brazos en cruz, desparramada entre su propia desnudez. Una sonrisa muda en la boca, los ojos cerrados de puro agotamiento y las sábanas en revoltijo caprichoso por entre sus piernas.
Las primeras luces se filtran ya por las rendijas de la persiana. La noche, en un alarde de insensata complicidad, salió estrellada y tibia, con lo que esta mañana promete ser de una luminosidad hiriente. La habitación, llena de despojos como un campo de batalla, huele a alcohol eximente y a alma derrengada.
Él ha abierto los ojos, espeso. Ayer cayó de nuevo en la torpeza de volverle a jurar amor sincero. Y luego follaron. Así que, aturdido aún tras esta noche de excesos y de promesas mentirosas, ha tratado sin demasiado éxito de aliviar su resacosa conciencia acariciando durante un segundo el hombro de la chica.
Ojeroso, se ha incorporado del lecho con cuidado de no despertarla. Quería verla con esa perspectiva que tiene el amante que vence a traición, con lo que antes de coger la ropa del suelo y salir de puntillas del dormitorio, de pie frente a la cama y en un abrupto e insultante picado, se ha fijado en su rostro enamorado y crédulo.
A punto ha estado de acercarse a ella y de escribirle con el dedo en su vientre la palabra adiós, aprovechando las gotas de sudor que la recorren. Pero no se ha atrevido.

Los lectores americanos ya pueden solicitar su ejemplar de Elefantiasis en la editorial.

jueves 13 de mayo de 2010

En esta playa tranquila


No es una brisa molesta la que sopla en la bahía. Ni aún en invierno. Es aburrida y ociosa, sí, pero nunca ha llegado a ser molesta del todo.
Todas las mañanas Lucía juega un rato con ella y se deja mecer sus cabellos teñidos de espera. Una acaricia y la otra sonríe. Pero hoy a Lucía se le nota con el gesto en un susto y la brisa, que se ha dado cuenta de ello, ha intentado sin suerte arrancarle esa sonrisa, mientras le desbarataba sus rizos como si fueran volutas de un cigarro fumado siempre a solas.
Hace ya algún tiempo que decidieron venirse a vivir a este pueblecito de playa calma y gente queda. Aquí todos se conocen, nunca ocurre nada que se escape del sosiego y, en el interior de su cala, se soporta mejor la fría ausencia de ese marido y padre que ahora anda por Europa, dedicado a sus negocios. Casa de tres plantas, jardín con flores de temporada y embarcadero con casita de baños. Chica de servicio, una lancha rápida para pasear por la bahía, y una vida plácida por merecimiento.
Después de organizar marcialmente esta vida anclada en lo normal, a esa hora en que las luces encarnadas comienzan a encender de hermosa nadería las aguas del puerto, Lucía se ha servido una copita de oporto que le ayude a templar el ánimo, y se ha quedado en el salón a esperar a que suene el teléfono. Ayer su marido le dijo que no creía poder volver antes de navidad. Ella estuvo a punto de decirle que le echaba de menos, pero se contuvo para que él no descubriera lo que ha pasado.

El viernes 14, Elefantiasis se presenta en Benicàssim. El 21, en Zaragoza.

The reckless moment.- 1949.- Max Ophuls

jueves 22 de abril de 2010

Desde las trincheras

Los dos hombres que le dieron la noticia tampoco tuvieron que decir demasiado. Vestían traje de gala, bruñidas las botoneras, lustrados los correajes, y se quedaron allí plantados en mitad del salón, mientras ella se sentaba desorientada en la tupida alfombra que un invierno antes les regalaron sus suegros tras un viaje a Estambul.
Al día siguiente la casa se llenó de un luto que le resultó excesivo y un tanto ajeno. Su hermana se llevo a las dos niñas, y ella no paró de recibir visitas de familiares, amigos y compañeros de Javier durante toda la jornada. Ni vio a nadie, ni tampoco sintió apenas nada, mecida en un dolor absurdo e inmerecido. Tuvo que ser su suegro, también militar, quien se encargara de las cortesías.
Al llegar la noche, cuando se quedó en compañía de su madre viuda y su hermana la mayor, fue cuando se atrevió a decirles que hacía mucho tiempo que Javier le pegaba. No le hicieron mucho caso, pero a ella le pareció ver como a su madre se le humedecían los ojos y se le perdía la cabeza en un mal recuerdo.
Han pasado un par de semanas y sigue haciendo un frío intenso. Rafa ha vuelto a llamarla. Desapareció durante unos días por aquello del respeto, e incluso en el entierro, al que acudió junto al resto de oficiales compañeros de Javier, se mostró en todo momento distante. Pero cuando esta tarde ha oído su voz, ella ha notado sus ganas, antes incluso de que él le pidiese que se volvieran a ver en el piso en donde lo llevan haciendo sin prisas, pero tampoco sin emociones, hace ya más de un año. No le ha dicho ni que sí ni que no.
Esta noche, después de cenar, les ha pedido a las niñas que se tumbaran con ella en la alfombra y que se abrazaran todas juntas un ratito y en silencio. Un tanto confundida, Natalia, la pequeña, le ha preguntado que por cuánto tiempo tenían que hacerlo, y cuando no llevaban ni un minuto echadas las tres, Sara, que ya empieza a ser una mujercita, le ha preguntado si se podía ir a ver la tele.

Este mundo elefantiásico, se presentó el pasado 23 de abril en Madrid.

jueves 8 de abril de 2010

Dos buenos amigos


Hasta el día en que se topó con los dos metros nueve centímetros de Harvey, Elwood andaba un tanto errático y apagado. Se mostraba gris, ocioso y triste, e incluso acabó dándose a la bebida en soledad, lo que resulta de lo más patético y pendenciero para alguien de buena familia. Así que fue encontrarle aquella noche a la salida de la cantina, y las copas ya no volvieron a saberle tan amargas.
Se quieren. Harvey adora a Elwood, lo que es algo normal porque a Elwood, a pesar de que por lo general suele resultar un tanto rarito, todo el mundo le aprecia. Es un tipo afable, cortés y bien educado. Eso sí, su amabilidad roza lo absurdo, si no se le conoce lo suficiente y se sufre uno de sus simpáticos ataques de extrema simpatía.
Y lo mismo sucede a la inversa. Harvey, que es de naturaleza alegre aunque un poco puñetero y un tanto bromista, se hace sin embargo un tipo necesario. Está a las duras y a las maduras, sabe escuchar y siempre lleva una sonrisa que regalarte si te ve algo decaído. Así que Elwood, a quien no se le escapa que la descomunal altura de su amigo, sus grandes orejas y su color blanco le confieren un aspecto un tanto chocante, lo tiene en la mejor de las estimas.
Elwood no se separa de Harvey ni un solo momento, a pesar de los reproches de su familia, que no ve con buenos ojos tan extraña compañía. Juntos pasan el rato leyendo a Jane Austen, recorren plácidamente las calles del barrio, o se toman un martini más de la cuenta en el bar de Charley. Además Elwood no le deja pagar Harvey ni una sola ronda. Faltaría más. Para eso es su mejor amigo.
Harvey.- 1950.- Henry Koster

jueves 25 de marzo de 2010

A poco más de media hora

No se quieren ni mucho ni poco. Tampoco se quieren mal, ni se aburren a cariños. Parece que se gustan, eso sí, y por eso quedan para hacer el amor todos los jueves por la tarde...

Bienvenidos al mundo ELEFANTIÁSICO.

jueves 18 de marzo de 2010

Un hermoso pez


La celda huele a rancia humanidad y suena a soledad eterna e imposible.
La soledad de esta celda, que es la suma de las soledades de cada uno de los presos que comparten vacío y complicidades,..

Ahora sí. Bienvenidos a Elefantiasis.


Le trou.- 1960.- Jacques Becker

jueves 4 de marzo de 2010

Un suave pero constante traqueteo

Es pelirroja y tiene un cabello largo, liso y abundante, con el flequillo cortado al recto. Parece alta. Está sentada y viste una...

Y próximamente, Elefantiasis.


jueves 25 de febrero de 2010

Quizá esta noche


A un dolar el kilo de ternera, a medio el de pollo, y a precio de saldo el amor del carnicero.
Últimamente no hay nadie que se dirija a él y no le pregunte a qué espera para casarse. Clientas, familiares y...

Y proximamente, Elefantiasis.
Marty.- 1955.- Delbert Mann

jueves 18 de febrero de 2010

Sangre de mi sangre

Le ha ayudado a vestirse. Luego se lo ha llevado a dar un paseo hasta que el viejo se ha mostrado felizmente cansado y,...

Y proximamente, Elefantiasis.


jueves 11 de febrero de 2010

Tiemblo

Acabo de ver dos gatos asustados salir en franca estampida, y a un niño rubio y pecoso asomarse curioso tras el visillo de una ventana. Ha sido sólo un segundo,...
Y próximamente, ELEFANTIASIS.
High Noon.- 1952.- Fred Zinnemann

jueves 4 de febrero de 2010

Mirando al mar

Al echarle un vistazo al análisis, ha visto que tiene el colesterol por encima de doscientos setenta. Demasiado alto...

Y próximamente, ELEFANTIASIS.