jueves 16 de julio de 2009

Breve poema de amor

No cejaré en el empeño hasta conseguir que vuelva a ser mía. Si no lo logro, que la adversidad me muerda con saña y me convierta en un fracasado más. En un ser quejoso, lastimero y rendido, como esos muchos otros que se desgañitan en el dormitorio de la frustración. Ésos que llaman a gritos a esa suerte a la que no merecen ni como compañera de viaje.
Dicho esto para sus adentros en un tono involuntariamente teatral, acompañado de ciertos gestos de ira, como el de la mirada torva o el de los puños prietos, Satur Valcárcel, joven profesor de literatura y poeta publicado, llamó enérgicamente al timbre de aquella puerta que tenía enfrente. El eco del timbrazo llegó a los confines del mundo, y desde dentro de la casa se escuchó un interrogante y tímido quiénes.
- Reyes. Soy yo. Ábreme.
La mujer se refugió en un acobardado silencio.
- Puta, ábreme o te mato.

jueves 9 de julio de 2009

Sí, quiero



Para estar de vacaciones, Dinah se ha levantado un poquito antes de lo normal. Mientras se despereza, desde la ventana de su habitación advierte lo excepcional de la jornada; todos los sauces del jardín engalanados con guirnaldas de un blanco virginal, los rosales simétricamente podados, y la cubertería bien bruñida, colocada sobre un sinfín de mesas dispuestas alrededor de la piscina.
La casa rebosa algarabía y desconcierto. Su madre, que anda un pelín atacada, ultima el asunto de las invitaciones. Su padre, a quien la verdad sea dicha no se le esperaba, ha acabado por asistir al evento, honrando así el buen nombre de la familia. Y el crápula de tio Willy, después de un duro tira y afloja, ha prometido no molestar a las invitadas más de lo necesario. Todo está preparado pues para el gran acontencimiento social del fin de semana. Tracy, la cursi de su hermana mayor, se casa por segunda vez, y en esta ocasión lo hace con George, un patán arrogante y pretencioso al que nadie salvo Tracy parece soportar.
Dinah daría cualquier cosa por sabotear la ceremonia. Ha pensado incluso en matarse, forzando así una suspensión in extremis de los fastos, pero su amenaza no ha sido ni tan siquiera escuchada por los estresados habitantes de la casa, con lo que la pequeña empieza a dar muestras de cierta resignación.
Tracy se casa, sí, pero lo curioso, Dinah está segura de ello, es que aquella sigue locamente enamorada de Dexter, su primer marido, y la persona más encantadora y desconcertante que hayan conocido jamás en esa casa.
Sólo un milagro podría hacer que la pelirroja de su hermana, a la que en el fondo adora, no acabe contrayendo matrimonio con el idiota de George. Sólo un milagro.
Que alguien vaya abrir. Oye que pide su madre. Llaman a la puerta.
The Philadelphia story.- 1940.- George Cukor

jueves 2 de julio de 2009

Al final de todo, el mar


El turismo de segunda mano recorre la distancia que le separa de ningún lugar, con la lealtad que se le exige a todos los cómplices. Sólo ha pedido gasolina una vez, y ni rastro hasta el momento de aquel ruidito sospechoso que le tenía pendiente de una revisión. Salieron al alba, aprovechando que él todavía dormía, y bajo el tránsito de esas últimas oscuridades, han recorrido los primeros doscientos kilómetros. No ha sido hasta más o menos eso de las nueve, ya con el sol bien puesto, cuando Lola ha decidido que llegarían hasta el mar.
Belén lleva un ratito despierta. Tiene hambre, y hace cara de no entender por qué en lugar de estar ya en el colegio, lleva tanto rato en el asiento de atrás del coche de mamá. Abrazada a un peluche, le pregunta a su madre si le duele la pupa que tiene en la cara. Lola, aguanta el llanto y le dice que ya no. Y para ahuyentar fantasmas y evitar complicadas explicaciones, le pide que le cante aquella canción que aprendieron en el cole para carnavales. La que habla de un perrito ladrador, de un gatito maullador, y de una mula tozuda que rebuzna y rebuzna. Belén no quiere y protesta. Se aburre y tiene algo de hambre. Pero ante la insistencia de Lola, y coreada por ésta, la niña empieza a cantar y coreografía la letra con aspavientos infantiles. A la madre se le escapa una sonrisa mientras la mira por el retrovisor.
En el próximo bar de carretera, pararán a desayunar. Pedirá un vaso de leche con colacao para la niña, y ella se tomará un par de cafés que ayuden a templarla. Desde allí, más calmada, llamará a su hermana y le contará lo ocurrido. No le dirá hacia dónde se dirige, porque ni ella tiene una idea clara de hasta dónde habrá de llegar huyendo, y porque tampoco se fía de que Juanjo no acabe sonsacándoselo con unas cuantas lágrimas de cocodrilo.
En éstas, Belén se acuerda de su papá y con un conato de berrinche, le pregunta a Lola por qué no va de viaje con ellas. Tiene hambre y empieza a picarle todo de aburrimiento.

Francisco Machuca, escribió el comentario 73, Acherontia Atropos, el 81 y el 102.

jueves 25 de junio de 2009

Hasta lo más alto


Desde la azotea de un colosal edificio acristalado, de líneas aparentemente frágiles pero de porte imponente, Howard le echa un vistazo a la inmensidad que le rodea. Allí arriba, en mangas de camisa y con el torso perlado por el fruto del esfuerzo, compone la viva imagen de un triunfador. En su mirada no hay soberbia, pero si una inevitable y confesa vanidad, tras saberse vencedor en la batalla contra lo caduco y lo inmovilista.
El ascenso ha resultado todo menos fácil, piensa Howard mientras su rostro adquiere por un segundo un mohín melancólico. Si ha llegado hasta allí, piensa, ha sido gracias a sus valientes ideas plasmadas milimétricamente en el papel, a los gruesos trazos de perseverancia dibujados a cartabón y escuadra, y a su integridad, a su inquebrantable integridad, sujeta siempre a las leyes exactas del rigor, la tozudez y la renuncia a una vida plácida y banal. Cierto es que en el camino más de una vez se le desgarraron las costuras del ánimo y que se dejó jirones de una dignidad maltrecha. Y que incluso a punto estuvo de perder a Dominique, la única persona capaz de disputarle a su trabajo un segundo de su atención. Pero visto lo visto, el esfuerzo valió la pena.
Hoy, en lo alto de esta estructura desafiante, el viento mece por fin las crines de su éxito. Lo tiene todo. Hasta Dominique, admiradora y esposa, le espera en casa.

The Fountainhead.- 1949.- King Vidor

jueves 18 de junio de 2009

Alegoría

Ayer, al llegar a su casa, hicimos el amor en el baño. Para que yo no me entristezca, de un tiempo a esta parte él llama hacer el amor a lo que hacemos.
En ese baño fue donde me desvirgó. Allí, postrado de rodillas y agarrado al bidé para soportar sus trémulos embates, Rodrigo me penetró, y después me aseguró que había estado fenomenal. No me dijo que me quería, ni tan siquiera que le gustaba mucho mi cuerpo vigoroso y adolescente. Sólo me dijo que follar conmigo había sido fenomenal. Yo lo tomé como el primer cumplido que recibía de aquel hombre al que por fin, tras enamorarme de él después de leer devotamente sus dos obras anteriores, había podido conocer personalmente en la presentación de Alegoría, su última novela.
Si quieres me quedo a dormir. Le dije todavía sentado en el suelo, mientras él se quitaba el condón. Y mañana te paso a limpio lo que estés escribiendo. Proseguí, tratando de ser útil. Me respondió que no. Que su mujer y su hija regresaban a primera hora. Luego, dándome un sonriente abrazo, me prometió que me llamaría el próximo fin de semana.

jueves 11 de junio de 2009

El tiempo pasará


Detrás de aquel rostro pétreo de sonrisa ausente, me costó reconocer al hombre del que una vez me enamoré. Se le notaba cansado, magullado y descreído, como si por fin fuera consciente de que su destino era no ganar ninguna guerra. Algo tuve que ver yo con el dolor que le concomía. Pero bien por vanidad, bien por no descubrirme infeliz en mi presente, lo cierto es que tardé en asumir mi parte de culpa. Lo reconozco. Al igual que admito que una vez que lo hice, acepté sin rubor el hecho de que sin él, no llego ni tan siquiera a ser yo misma.
Ahora, abrazados ya bajo la tibieza de la noche africana, volvemos a querernos sin memoria. Dejándome llevar por deseos retomados, intento provocar en él la sonrisa plácida y relajada que tienen los amantes, y le digo que ya no volveré a separarme de él. Le digo también, con mimos en los labios, que estaremos juntos hasta el final de nuestros días. Y le digo que le quiero, y le beso. Pero no lo consigo. Él no cambia su gesto adusto, sino todo lo contrario. Calla como si supiera algo que yo no sé, como si tras su escandaloso silencio se escondiera toda la verdad de este mundo.
Que me devoren tus ojos esta noche. Me ruega, tierno, como única respuesta.
Mientras, los compases de una suave melodía al piano, me recuerdan el inevitable paso del tiempo.
Casablanca.- 1942.- Michael Curtiz

jueves 4 de junio de 2009

Dulce María


Ha colgado las cortinas que acabó de coser anoche. Flores verdes y naranjas sobre fondo blanco. Alegres, para darle un toque simpático a la cocina. Y al terminar, muestra una sonrisa de humilde satisfacción.
María se pierde entre su eterna dedicación y su buen carácter. No se desespera nunca, y nunca, en sus once años de matrimonio y sus diez de madre, se ha acercado a la cólera o siquiera al mal genio. Tiene dos niños peleones, y una niña que es una perla blanca y delicada. Como ella.
Daniel la llama Mari y la quiere bien. La quiere muchisimo desde el mismo día que la vio al salir de las clases de cuarto de facultad camino de casa de sus padres, mientras él regresaba algo abatido de una entrevista de trabajo que acabó en un yalellamaremos cualquiera. Tardaron muy poco en enamorarse. Él necesitaba un primer triunfo en una vida que ya se antojaba pobre y gris, y a ella siempre le han gustado las personas con cara de buena gente. Daniel acabó de encargado de almacén en una prestigiosa cadena de tiendas de electrodomésticos, y a María no le sirvió de nada su licenciatura en químicas.
María también lo quiere un montón a él. Es bueno, atento y se esfuerza muchisimo en complacerla. Tienen una vida sentimental próspera y hacen el amor con regularidad. Él, es cierto, disfruta algo más que ella, pero eso María nunca se lo ha tenido en cuenta. Lo quiere tanto, que por eso jamás le ha dicho que sueña con vidas que se viven muy lejos de este piso de la calle Albéniz, e incluso muy lejos del pequeño chalet que sus padres le dejaron en el pueblo, y al que acuden todos los puentes, y también cuando se empiezan a templar los días. Son vidas, las soñadas, en las que él no aparece por ningún lado.
Como le quiere tanto, ni se plantea contarle que una vez, hace ya casi dos años, se dejó manosear un poco por Rafa, el profesor de Lengua de los pequeños, cuando anochecía la fiesta de fin de curso que celebraron en el gimnasio del colegio, adornado para la ocasión con guirnaldas y pancartas hechas por los alumnos. Rafa la acompañó al coche, y en el aparcamiento, María se le insinuó con una mirada casi desconocida. Lo hizo para comprobar si su cuerpo podía volver a sorprenderse. Luego Rafa la estuvo buscando un tiempo, pero las vacaciones de verano ayudaron a la reflexión y las cosas volvieron pronto a la cordura.

* Breve mención de este relato, en el maravilloso blog de Francisco Ortiz, "Novela negra y cine negro".

jueves 28 de mayo de 2009

Un hombre


Un hombre recorre las últimas dos millas que le separan de aquel hogar que recuerda como suyo. Es de noche y viene cansado. Allí le esperan una madre vieja, una chiquillería inquieta, y una tierra difícil pero propia. Ante la proximidad, sonríe.
Pero ha vuelto en tiempos de escasez. Los campos se mueren de sed. El viento, soez a veces, obtuso e ingrato siempre, ha arrasado con todo, y ha convertido la antigua dicha en un erial. Donde hubo pan, no queda más que una árida desesperanza, y donde antes hubo fe, hasta la vocación de los predicadores se pierde ahora en un horizonte lejano y quejumbroso.
Así que el hombre recoge las cuatro pertenencias que son sombra de los buenos tiempos, y con el gesto fruncido y el alma resignada, marcha en pos de un nuevo paraíso. Se lleva consigo a la madre vieja, a la chiquillería cansada, y el polvo que desprende aquella tierra de la que se siente desahuciado.
En su vagar, se enfrenta con saña al sol ardiente y al bolsillo vacío. Pelea con uñas y dientes cada pedazo de pan que cae en sus manos. Y disputa, contra todos los braceros de este mundo, míseros trabajos de a cinco centavos la hora. Nada consigue, más allá de una agria desazón, alguna que otra cicatriz, y la certeza de que la tierra prometida es sólo un mito para incautos.
Siempre de noche, el hombre vuelve a colgarse el hatillo a la espalda y se aleja impotente. Atrás deja, quien sabe si para siempre, a la madre vieja, a la chiquillería en lágrimas, y a una tierra tozuda que le niega la posibilidad de volver a ser amable.
Mientras cruza campos yermos sembrados por fantasmas del ayer, mientras come mal y duerme incómodo, el hombre quisiera soñar con un futuro que tuviera el mismo tono simpático, que el del color azul de sus ojos.

The grapes of wrath.- 1940.- John Ford

jueves 21 de mayo de 2009

La palabra redundante

La casa ya no le da miedo. Ha tardado un tiempo en conseguirlo, pero ya se ha hecho a sus enormes dimensiones, a su espeso silencio, y a su vida ausente. Va para tres meses desde aquella primera cita pactada por teléfono. Dos veces por semana apeándose en una parada de metro, en pleno corazón de la ciudad. Martes y viernes.
El dueño de la casa es un hombre de una envergadura abusiva. De una corpulencia casi mórbida. Es débil y flojo, y sus movimientos son apacibles y sin gracia. Vive solo, cubierto de un oropel rancio y tristón que dice muchas cosas de esa soledad suya.
La joven suele llegar a media tarde. Nadie sale a recibirla. Desde la segunda visita dispone de llave propia. Apenas llega, se guarda el dinero que encuentra sobre la cómoda y se desnuda. Es bella sin subrayados. Tiene los cabellos de un rubio lejano, sus piernas son atléticas y sus nalgas estrechas y firmes. Descalza y en cueros, de puntillas sobre el frío gres, se dirige a preparar el baño. Enciende el calefactor para caldear la estancia, deja al alcance las toallas y el albornoz y calienta el agua. Suele esperar al hombre arrodillada en el suelo, jugando a sumergir los dedos en la enorme bañera, y musitando una canción, que se diría infantil, en lengua extraña. Mientras, todo se va llenando de un vapor cómplice.
El hombre, hasta entonces invisible, entra en el baño. Sin dejar de mirarla ni un instante, se deja desnudar por la chica. Es parte del precio. La observa como siempre, con una mezcla de admiración y perplejidad. Al principio, a la joven le incomodaba aquella extraña insistencia en el mirar. Hoy se ha acostumbrado a ella, como también se ha acostumbrado a la decimonónica y desabrida arquitectura de la casa.
Sin mediar más que alguna leve sonrisa, la chica extranjera baña al hombre con el tacto de quien no quiere hacer daño. Lo baña con un mimo similar al que recuerda haber recibido de su madre, siendo ella una niña menuda y algo delicada. Le acaricia sus carnes magras, le amasa con suavidad su sexo mísero y, con una enorme paciencia, deja que el hombre alcance el orgasmo por el que ha pagado.
No hablan. Ni hay lengua en común, ni tampoco mucha necesidad de esforzarse en decir palabras que quizá resulten redundantes.

jueves 14 de mayo de 2009

Donde viven las palomas


Terry ha vuelto a subir a la azotea. Le encanta. Allí arriba, al cobijo de un cielo roto por el humo de las acererías, disfruta como un crío columpiándose en el murmullo ronco de las sirenas de los mercantes que van y vienen por aquel mar industrial, y dejándose vencer más tarde por ese tono de nana que tiene el sencillo arrullo de las palomas.
Y es que abajo, entre los sucios rincones que configuran ese herrumbroso muelle que hiere de hambre y mata de indignidad, hombres muy parecidos a él, viven sometidos a la silenciosa mezquindad del día a día. Cada vez que desciende, por ejemplo, a Terry se le mueren los sueños antes de nacer, ha de cambiar favores por puñetazos, y vive constantemente arrepentido por haber tenido que jugar alguna que otra vez al juego de las traiciones.
También es cierto, que fue allí abajo donde conoció a Edie. Todo hay que decirlo.
Si pudiera, Terry sólo bajaría de las azoteas para pasear de la mano de Edie. En su compañía se siente tan bien, como cuando está allí arriba haciendo volar a las palomas. La observa con embeleso mientras anda, se enreda entre sus mechones a la más mínima, y se ruboriza infantil cuando los ojos de Edie le miran. Junto a ella es capaz, incluso, de romper a gritos el silencio que exigen quienes siempre piden cosas a cambio.
Terry, hombre duro y silencioso, necesita mucha ternura si quiere aprender a vivir a ras del suelo. Y Edie es todo ternura.

* Este relato se hubiera podido titular "El sitio de (su) recreo". Descanse en Paz, A.V.

On the Waterfront.- 1954.- Elia Kazan

jueves 7 de mayo de 2009

La herencia

Sin darme yo cuenta, la primera primavera fuera del plañidero cobijo de mi madre, se puso en cierne. En aquella ciudad, hasta entonces penumbrosa, los días amanecían ahora luminosos y floridos. El barrio en donde Arturo y yo vivíamos cobró una inesperada y desconocida vida, que yo agradecía con el cascabeleo de una niña.
Tras dos años de relación a distancia, le insistí hasta que accedió a que viviéramos juntos. Dejé el pueblo y el trabajo en la cooperativa, y me fui tras él con el ánimo dispuesto y el gesto enamorado. Atrás quedaban sus mal disimuladas dudas, y las tres confesadas infidelidades que le perdoné sin preguntas ni reproches. Ahora parecía quererme de verdad, y a mí me bastaba para darle a cambio todo lo que me pidiese.
Sometida a aquella sensación de estar bien querida, renuncié por fin al legado de mi estirpe, y conseguí cicatrizar la dolosa herida que me había dejado la maldición que mi madre me echó al decirle que me marchaba, dejándola como la dejé, bajo las ruinas de su pasado imperfecto. Tú también te quedarás sola. Me dijo hiriente, mientras sujetaba con los labios un cigarrillo en equilibrio, y manoseaba nerviosa un vaso de whisky, haciendo que repiquetearan los cubitos. Y no tardarás en volver a mi lado. Sentenció.
Con los primeros compases del otoño, Arturo se marchó dejándome con dos meses de alquiler pendientes, y con un embarazo de quince semanas. Fui tras él. Le lloré. Le juré entregas imposibles y rendiciones eternas. Pero no volvió. Así que desde entonces, vivo rendida a la evidencia de estar estigmatizada por un destino reservado únicamente a las hembras de mi familia.
Sentada en el café del chaflán de la que fuera nuestra calle, espero que un taxi me lleve a la estación. Ha llegado a mis oídos que mi madre se muere de soledad, y por ello he decidido regresar al pueblo y soportar junto a ella la humillación por mi fracaso. Mientras tanto, una lluvia persistente se empeña en borrar las huellas de mi efímera felicidad empapándolo todo; la calle, el interior de este café, y mi rostro de mujer abandonada.

jueves 30 de abril de 2009

El hilarante caso de Clara y Alfred

Clara, de mirada precipitada aunque tierna, llena de sueños pero contrariada por alguna que otra necesidad, busca a la par trabajo y amor. Por ello, todos los días va de entrevista en entrevista y también repasa el diario local, a la espera de que algún candidato a su corazón, conteste aquel anuncio en clave que se atrevió a publicar en un arrebato de soledad. Clara, que es de naturaleza impaciente, se desespera con facilidad.
Buenos días. Buenos días. Las formas. Un leve toque en el ala de un imaginario sombrero en los hombres, y una grácil reverencia en las damas. No se olvide de las formas, señorita. En esta santa casa los buenos modales son indispensables. Sabe usted. Eso fue lo primero que le dijo el engreído del encargado de aquella tienda cuando, a regañadientes, pero visiblemente impresionado por el tintineo de sus pestañas, accedió a contratarla. Desde ese mismo instante ella tuvo, por un lado, la impresión de que no le había caído en gracia a aquel hombre y, por otro, la certeza de que el susodicho era un antipático.
Alfred lleva tantos años siendo eficaz a jornada completa, que apenas le dedica tiempo a soñar. Su función de encargado de la más distinguida tienda de la ciudad, es una responsabilidad incompatible con el capricho de tener caprichos. Su vida, insípida y profesional, se desenvuelve entre bolsos y maletas, pitilleras de plata y bomboneras musicales. A pesar de ello guarda un par de celosos secretos; sus pinitos literarios, y el hecho de que, bajo el forzado pseudónimo de poetaenamorado, está buscando novia en la sección de contactos de un periódico. Es un ser incompleto, este Alfred.
Hoy, que es viernes, tanto la una como el otro le han solicitado al dueño salir un poco antes. Motivos personales, han alegado. El caso es que ambos tienen una prometedora cita a ciegas.

The shop around the corner.- 1940.- Ernst Lubitsch

jueves 23 de abril de 2009

¡Fuego!

Entre las tareas asignadas, el sargento José Periáñez, jefe del pelotón de ajusticiamiento, tiene la de matar espías...

jueves 16 de abril de 2009

Monstruos y ninfas


Ayer era el chófer de la familia, y hoy calienta el catre de la viuda,...

El cebo.- 1958.- Ladislao Vadja.

jueves 2 de abril de 2009

Sus días y sus noches

Al no coger el paraguas, en el trayecto hasta el trabajo acabó empapada, y...