jueves, 9 de junio de 2016

Escena de caza

Mi padre fue cazador hasta que dejó de serlo. Un día, calculo yo que sobre mis catorce, dijo que ya no volvía a matar un pajarillo ¿y liebres? -tampoco, dijo- y así fue; a la mañana siguiente le vendió la escopeta a un tipo al que en el pueblo todos conocían por Ventura. 
A mí me gustaba acompañarle y en alguna ocasión, en vacaciones, me dejó hacerlo. La noche previa le ayudaba a pavonar la 'superpuesta' con una grasa espesa, que olía bien y evitaba el óxido. Luego madrugábamos, el metía en un macuto dos bocadillos y un poco de agua, y nos íbamos al monte en el 127. En realidad cazábamos poco y era más bien como salir de excursión. Él se pasaba el tiempo contándome historias y yo le llevaba la canana en bandolera y correteaba junto a la Linda, una setter español, negra azabache, que un día apareció por el barrio y a la que acabamos adoptando. Pero una mañana, ya digo, mi padre despertó arrepentido y vendió la escopeta. Pocos meses después la perra, a la que mi padre adoraba como párroco a domingo, se le murió de vieja.

jueves, 17 de marzo de 2016

De extraños seres

En esa ensenada apacible en la que las olas, apenas agitadas en su superficie, vienen a desvaírse mansamente sobre una capa de arena sembrada de pequeñas conchas, se cuenta que, hace ya algunos años, al claro de luna se veía nadar a una sirena. Las crónicas la describen como un ser majestuoso, de unos seis pies de alto de la cabeza a la cola, y con una larga y hermosa cabellera de un color que, en las noches rasas, bajo el luminoso y femenino manto de Selene, recordaba al de la aguamarina. Aseguran los testigos -varios, si no muchos, para tan inusual acontecimiento-, que las más de las veces se la oía cantar, mezclando su voz melodiosa con el soplo de la suave brisa y el arrullo de la leve corriente, romances sobre las maravillas de las profundidades o sobre sucesos venideros; pues se les arroga a dichos seres la capacidad de predecir, como es sabido. Y es precisamente a esta característica tan excepcional como propia de su naturaleza mágica, a la que se achacó su definitiva evanescencia, pues hay constancia de al menos cinco testimonios que aseguran que aquella última noche en la que se la vio en la cala, también la escucharon recitar lastimosos versos sobre una sirena muerta, a golpes de remo, de manos de un despechado marinero al que por su especial condición la joven no quiso o no pudo corresponder. Sobre el triste brillo de los ojos de aquella magnífica criatura, han escrito mucho los poetas.


jueves, 11 de febrero de 2016

Fue en un hotel con vistas

Carolina ha llegado en el tren de las doce y cuarto. Ha sido entrar en casa y, sin preámbulos, se han empujado hasta caer en la cama y han hecho el amor sobre las sábanas estampadas de coquetas rosas rojas. Dice Carolina que estas sábanas le gustan porque son muy poperas, y Jorge, creyendo que con este gesto ya es suficiente para agasajarla, se acuerda y se las pone los fines de semana que ella viene. Hacía doce días que no se veían. Se llaman todas las noches antes de acostarse pero sólo se ven cada dos fines de semana por culpa de la distancia que les separa, por culpa del trabajo de ella y por culpa, sobre todo, del poco interés que Jorge tiene por hacer que las cosas evolucionen. Hace ya más de un año que forman un pareja un tanto atípica. El primer beso que se dieron fue hermoso y mentiroso al mismo tiempo. De él, a ella le gustó su porte solvente y su arisca masculinidad. De ella, a él, sus curvas y su cabello. Y sus ojos. Básicamente. Aquella noche, la primera del primer fin de semana de todos los que llevan compartidos hasta la fecha, se mezclaron en la cama de un hotel con vistas a la playa. La segunda noche, la del sábado, ella ya la pasó en casa de Jorge. (...)

Extracto de mi novela, "Un viaje solo parta hombres"

jueves, 26 de noviembre de 2015

Luz cegadora

Acaricia los contornos de las cosas con la timidez con la que camina un exiliado: el bote del azúcar, la cafetera, la superficie de la vitrocerámica; como si todos esos objetos no fueran suyos y temiese romperlos.
Son las nueve de la mañana, recuerda la radio. La seductora voz del locutor llega como un susurro y hace que se sienta sola. Marcos, que no hará ni media hora que la besó levemente entre las sábanas y marchó a la oficina, ya no le susurra. Igual es que desde lo del accidente se siente culpable. Igual es que ahora su cuerpo le produce rechazo, o incluso asco. Quién sabe. Pero el caso es que ya no recuerda la última vez que la tocó o le musitó algo obsceno al oído. 
Desayuna de pie, apoyada en el fregadero, reteniendo entre sus manos el calor que desprende la taza. A través de la ventana entra una luz virginal que, tras reflejarse en la blanca formica de los muebles, empapa de pureza su perfil, su media melena, sus hombros desnudos y sus pies descalzos. Bajo esa claridad tan hiriente, hasta su ceguera pasa inadvertida. 

jueves, 29 de octubre de 2015

Lo primero y lo último

Lo primero ha sido el dolor. El de revivir el momento, embalsamado en mi retina, de su mirada esquiva y su cabeza baja, de sus torpes prisas por recoger sus pertenencias con la premura de quien huye; empujando con un pie... 

jueves, 17 de septiembre de 2015

Sobreprotección

Laura se cagaba en su santa calavera cada vez que entraba en la habitación de su hermana y no la encontraba, o cada vez que la llamaba entre lloriqueos y nadie respondía... 


jueves, 23 de julio de 2015

La vida es sueño


El sueño duró mil jueves. No es que estuviese soñando durante todo ese tiempo. No. Digo que en el sueño transcurrieron mil jueves comprimidos en ese ratito en el que nos... 

jueves, 25 de junio de 2015

Nostalgia

Todos los días tendrían que ser el día en que nos conocimos. Todos los días deberían empezar cuando lo hizo aquel, al atardecer, con un tren que llega y del que desciende una joven con el sol prendido en el pelo, como abrojo...

jueves, 21 de mayo de 2015

La frustración

Cuando por aquello de lo cortés alguien me preguntaba qué es lo que quería ser de mayor, mi padre se adelantaba y respondía ufano, marcada la sonrisa bajo el bigote y estrechándome con fuerza la mano para insuflarme convicción en su sentencia, que yo iba a ser el mejor pendolista del mundo...  

jueves, 23 de abril de 2015

Bellas artes

La vida es una cuestión de líneas puestas sobre un lienzo. Todo es cosa de medidas y cánones. Todo, digo. Desde el significado de un gesto, al tiempo mal o bien aprovechado. Desde aquel primer beso a ese último disparo...

jueves, 26 de marzo de 2015

Al asomarme (Final)

Doce espectaculares minutos más tarde termina el experimento. El chelo emite un último sollozo, largo y contenido. Tras él, un emocionado silencio que se mantiene firme hasta que desde alguna de las ventanas se comienza a quebrar el éxtasis con unos tímidos aplausos. El barrio despierta entonces e irrumpe en una sonora ovación. Los artistas salen al centro de la plaza y saludan. Incluso los padres de uno y la esposa del otro manifiestan sincera emoción y derraman felices lágrimas. Los bravos y los olés no cesan. La gente se abraza. Sara y Rafa se besan queriéndose querer y Germán, desde la puerta de su taberna anuncia, con alejandrinos en la boca, una ronda a cuenta de la casa.
Oculto en la penumbra de mi habitación, creo ver como Marta dirige una última mirada hacia mi ventana. Sonrío.


FIN

jueves, 19 de marzo de 2015

Al asomarme (5)

La noche y el frío apresuran la impaciencia. Hay murmullos de inquietud, conversaciones a punto de zanjarse y ojos como platos. Tras el gesto convenido, las manos de Adela rasgan con suavidad el velo nocturno. A Pedro la música le evoca instantes sólo soñados. Piensa en Puccini y en esos mapas que cree que dibujó el compositor. Como hace siempre que está nervioso, y la participación de su hija en el espectáculo así lo justifica, Dioni cruza los dedos y recita a modo de conjuro unos versos de Longfelow. Siempre son los mismos.

Cobra el ánimo perdido, 
Vuelve esforzado a la lucha.
Gloria al hombre que combate
Siempre, y no desmaya nunca

Todo adquiere de repente un tono de grave calma.  Con una precisa coordinación, las máquinas se ponen en armonioso funcionamiento. Alentadas por la brisa, las virutas copulan con las chispas y ambas retozan entre la celestina textura de la pintura, mezclándose en una comunión incandescente que nos tiene a todos entre atónitos y maravillados. Cómplice de estos movimientos orgiásticos, el viento aumenta o disminuye su fuerza formando con el conjunto un efectista torbellino de color y de luz, que anega la plaza y tinta de histórica la noche. He aquí, en suspenso sobre nuestras cabezas, el inicio de la vida, la marabunta de las esencias, la nebulosa que dio origen al barrio. Pienso emocionado.
(Continuará)

jueves, 12 de marzo de 2015

Al asomarme (4)

En la esquina que forman los dos lados más largos del triángulo isósceles que es mi plaza, en una y otra acera y enfrente la una del otro, hay una carpintería y un taller mecánico. El carpintero se llama Luís y el mecánico, también se llama Luís. Comparten públicamente la misma pasión. Ambos, más o menos a la vez, descubrieron que su verdadera vocación era la astronomía y, desde entonces, a pesar de los tímidos remilgos de los padres del primero y la esposa del segundo, que lo consideran una pérdida de tiempo, se reúnen una vez por semana para representar plásticamente cuerpos celestes y constelaciones. Luís, el carpintero, tiene un ingenio que fabrica virutas con el tamaño y la forma que sobre la marcha él decida conferirles. Luís, el mecánico, entre ruedas, compresores y tornos, tiene un extraño artefacto que suelta las chispas más luminosas y con los colores más dispares que uno pueda imaginarse. 
Son las diez de la noche. Ante un público expectante, los dos luíses han sacado sus curiosos mecanismos a las puertas de sus negocios. Entre medias, justo en el punto medio de la línea que los separa, se ha colocado Jesús el pintor, quien hoy colabora con su máquina de echar gota. Adela, la hija mayor de Dioni, que es pecosa y tímida y está a puntito de terminar la carrera de música, les acompañará con su chelo desde la distancia prudencial del balcón de su domicilio. El experimento de hoy se llama: Tannhäuser
(Continuará)

jueves, 5 de marzo de 2015

Al asomarme (3)

Pedro divierte a todo el mundo menos a Conchita su mujer, a la que de un tiempo a esta parte tiene frita con la temeraria tesis -está empecinado en ella- de que la verdadera pasión de Puccini era la cartografía. A Pedro las palabras se le escapan de la boca, como a un collar roto sus cuentas. Es infatigable. Los días ventosos como hoy, esas palabras suyas vuelan caprichosas por el barrio y algunas de ellas se filtran al azar por las rendijas de las puertas y las ventanas de las casas. Hace un rato, por ejemplo, en la mía se ha colado la palabra allegro. He intentado agarrarla pero era muy escurridiza. Un instante después he visto cómo en el dormitorio de Marta, que queda más o menos enfrente del mío al otro lado de la plaza, flirteaba furtiva con su almohada la palabra tómbolo. Es una tontería, lo sé, pero me han entrado celos. Luego he visto cómo otra palabra más, que desde aquí no adivino, se quedaba pegada a la ventana del comedor de casa de Dioni y cómo dos de sus cinco hijos y Whitman, el perro lanudo que los guarda a todos, jugaban divertidos a lamerla a través del frío cristal. 
Pedro está algo delicado de salud. Ya no trabaja de albañil. Ahora se dedica a ser erudito y a llevarnos a todos la contraria. Todo el mundo sabe que un día no muy lejano se nos va a morir. Él también lo sabe, claro.
(Continuará)

jueves, 26 de febrero de 2015

Al asomarme (2)

Media tarde y la calle huele a azaleas. Será el viento. Desde alguna de las ventanas abiertas se desparraman las sugerentes notas de un chelo. Dioni sale de la taberna negando con la cabeza. Viste mono azul de faena y uñas negras. Se dirige hacia el portal de su casa con el talante descompensado. Las manos inquietas -ora sí, ora no- en los bolsillos. Apenas da cuatro o cinco pasos, y se detiene reflexivo para negar de nuevo y reanudar un segundo más tarde su inconstante marcha. Dioni es un tipo cordial pero un poco tozudo.  
Hoy la taberna de Germán esta llena hasta los topes. Entre quinto y quinto de cerveza, la concurrencia se enzarza en una apasionante discusión que gira en torno al controvertido tema de la supuesta influencia en la literatura universal contemporánea, de autores americanos de la talla de Faulkner o Dos Passos. Dioni no se pronuncia. No se atreve. Y al final se va pesaroso y con ganas de haber dado su opinión que, por cierto, divergía sustancialmente de la que con tanta vehemencia han sostenido Paco el electricista y aquel forastero atildado, que nadie sabe de dónde ha salido. 
Dioni llega ahora al portal y se detiene un instante avergonzado de su pobre empuje. Abre la puerta y se recoge.
(Continuará)