martes, 15 de septiembre de 2020

El pasado día 3 de septiembre, un jurado compuesto por, entre otros, los escritores Lorenzo Silva, Fernando Marías y Marcelo Luján, le concedió a mi nueva novela POR MI GRAN CULPA, el XXIV Premio de Novela Negra Ciudad de Getafe 2020. 

Al respecto de la obra, el escritor Fernando Marías ha dicho de ella:

"Como lector de novela negra busco el vértigo de lo novedoso, la atracción por una narración sorprendente que discurra por delante de mí. Por mi gran culpa arranca con un gran poderío, toda una invitación a seguir leyendo que no deja opción a la mirada lectora. Gran riesgo en la propuesta, mayor riesgo aún en la voz narrativa."

La novela será publicada por la editorial EDAF el próximo mes de octubre.





lunes, 20 de abril de 2020

Continuo (Final)


… A la hora de la cena los ecos de la euforia suenan ya lejanos. O inexistentes. O inventados. También la sonrisa y los labios reventones de mi vecina se han desleído con rapidez entre las primeras sombras de la tarde. Es lo que sucede cuando el sol declina con esa lentitud de los carceleros indolentes. Pero, aun entonces, por el oeste, sobre la línea y costura de las primeras montañas, el cielo adquiere hoy un ligero tono anaranjado que recuerda mejores atardeceres, lo que a estas alturas del confinamiento quizá no sea ni cuerdo ni apropiado. Qué cenamos hoy. No sé. Y en la mesa tendemos a repetirnos de forma inevitable; mismas pautas, iguales silencios, idéntico programa inane de fondo en la televisión. No vemos las noticias. Apenas vemos las noticias. Solo levantamos nuestras cabezas de autómatas del plato cuando oímos risas enlatadas o para ver fingidas muestras de amor en la pantalla. De vez en cuando cruzamos la mirada y sonreímos condescendientes. O insatisfechos, quién sabe. Pero nada más. Hubo otras noches en las que cenábamos fuera de casa, con amigos y risas menos forzadas, bebíamos vino en copas y charlábamos por los codos. Yo, con intensidad, sobre paraísos imaginarios. Ella, con mesura, de nuestro zozobrante paso por la Tierra. Ya no sucede. Mientras me lavo los dientes voy recordando aquello y pensando en el mullido sepulcro que es mi sofá. Las dos cosas. Hoy toca cine clásico y me apetece que lo disfrutemos juntos. Pero ocurre que, mientras yo veo atento la película, ella se la pasa mensajeando a la familia, algo que, si me apuras, es normal, porque está lejos. También su familia. Así que no es hasta que el The End aparece superpuesto sobre una casa en llamas, cuando nos volvemos a mirar y nos damos el otro beso del día. El de buenas noches. Es entonces cuando ella se va a la cama a leer y yo salgo un minuto al patio interior para escuchar los quedos lamentos de un cielo estrellado, y la monótona salmodia de un mundo de ventanas insomnes por culpa del mismo tedio invencible que también me anega a mí. Vuelvo al sofá un poco destemplado, me arropo con la manta y, para acabar de entrar en calor, me pongo a pensar en la tierna mirada de Joan Fontaine. Hoy tocaba cine clásico.«Anoche soñé que volvía a Manderley…»

sábado, 11 de abril de 2020

Continuo


Cada mañana me despierta el vecino que toca el piano. Es ambicioso, pero como las paredes no evitan la claridad de sus errores intentando interpretar a Debussy o a Yann Tiersen, yo amanezco contrariado. Con la taza de café en la mano, me asomo al patio con cuidado de no espantar a los gorriones que se posan en el muro medianero o revuelven con sus picos y sus patitas la arena de las macetas. Ahora son muchos más que antes del encierro y se les ve más dispuestos y cantarines. Los miro absorto, ensimismado en sus trinos, y no puedo evitar recrearme en una nada algo dolorosa. Luego me siento frente al ordenador para atender el poco correo laboral que a estas alturas me llega. No leo la prensa. Apenas leo la prensa. Tampoco navego por las redes que antes tanto frecuentaba. Solo atiendo el correo y después le dedico un tiempo a la novela que he comenzado. Corrijo, borro, improviso y no tardo mucho en cansarme. Casi no avanzo. Cuando mi pareja se despierta y viene a darme el beso de buenos días yo ya estoy hastiado de no escribir. Es como si ese beso acelerara mi apatía. Entonces me pongo en pie y, o me asomo un segundo a la ventana para ver si por casualidad la veo a ella, o recorro lentamente las estancias de mi casa con las manos metidas en los bolsillos de la sudadera que se ha convertido en mi sudario. También leo durante un rato. A Le Clèzio, por ejemplo, o a Sánchez Espeso. Y algo de poesía. Luego llega la hora de hacer la comida. Yo preparo la ensalada y pongo la mesa mientras ella cocina. Una tarde, hace ya tres semanas, le ayudé a hacer galletas. Fui yo quien le pedí entusiasmado que me enseñase a hacer galletas para que fuésemos cómplices en alguna actividad. Y fue divertido. Y salieron buenas. Pero hasta de eso me cansé la primera vez que las horneamos. Después de comer trato de echar la siesta -sin persignarme, sin llegar a soñar- y después encadeno capítulos de series que no me interesan demasiado y que elijo sin mucho criterio, solo porque parecen que son de acción o de intriga. Así paso la tarde hasta que me pongo a hacer ejercicios sobre una esterilla que extiendo en el salón. Sigo con sobrepeso. Me gusto incluso menos que antes de que comenzara el confinamiento. Después de la ducha tocan las ocho y salimos al balcón para aplaudir y sonreírnos esperanzados. Incluso a veces nos hemos besado en mitad de esa artificiosa euforia que se crea durante esos escasos minutos. Y entonces la vecina de enfrente por fin se asoma. Y sin que ni mi pareja ni ella lleguen a advertirlo, yo me aferro a su aparente alegría, a su cabello dorado y a sus labios rojos recién pintados. Desde algún balcón siguen sonando el Dúo Dinámico...

martes, 25 de febrero de 2020

Entrevista en "El Ojo Crítico" de RNE.

Os dejo la entrevista que, a propósito de mi novela "Antes. Entonces. Nunca", me hicieron el pasado mes de noviembre en el programa cultural más prestigioso de la radio española. Me refiero a "El Ojo Crítico", de RNE.

* Pinchad en el nombre del programa.


lunes, 30 de septiembre de 2019

Razones para leer "ANTES. ENTONCES. NUNCA"



Mariano Zurdo, el editor de Talentura, explica de una forma amena, simple y clara, por qué deberías de leer mi última novela.

jueves, 20 de junio de 2019

Viernes. Primavera


Mi pueblo está encorsetado entre medias montañas que lo confinan frente al mar, con lo que, cuando está nublado, con esas paredes angulosas de esa ensenada y el techo bajo que forman las nubes, el entorno adquiere una dimensión recogida y estrecha. Hoy ha sido uno de esos días, pues el cielo ha amanecido emborronado de unos estratos grises que lo oscurecían todo un poco. Además, cuando ya estaba en el coche ha comenzado a chispear a un ritmo lento y sincopado; poca cosa, lluvia escasa apenas salpicando de letras sueltas el parabrisas; lo que ha propiciado que, mientras escuchaba el parte horario, detenido en un semáforo, me diera por entretenerme formando abracadabras que obraran el milagro de que el tiempo despejase. Una 'v' aquí, una 'i' más allá, un par de 'es' flanqueando las gotas de dos consonantes y, al final, cuando ya despuntaba el primer claro, he visto caer y derramarse una suave y escurridiza 's'.

jueves, 23 de mayo de 2019

Mañanas de domingo


Un policía avejentado, lleno de dudas y con mal de amores, está al acecho. Un crimen atroz e inesperado cometido bajo una lluvia torrencial. Clima y climax, una vez más de la mano... lo de siempre.
Aquí no llueve. Solea sin avalanchas y el día es limpio y esponjoso como en un anuncio de detergente. Ella continúa durmiendo. Yo me terminé el café hace ya un par de capítulos. En un momento dado, cansado de virajes sorprendentes, levanto la vista del libro para tratar de percibir el estado de las cosas y noto cómo me envuelve un silencio casi absoluto, ni un solo ruido que ayude a despistarme; ni pájaros ni brisa, ni tráfico a lo lejos, ni indicio vecinal. Nada salvo el repentino y meloso sonido de la lengua de Zac, que tras un escorzo circense ha comenzado a revolcarse en el frío gres y a lamerse su pelaje. La miro durante unos segundos y me da por pensar que los gatos se parecen bastante a los domingos en que no hay quien los entienda.


jueves, 9 de mayo de 2019

Presentación en Madrid


Amigos de Madrid, llegó el día.
Mañana viernes día 10 –siempre en viernes– presentaré mi última novela en la capital. Ya tenía ganas de volver a esa ciudad con un nuevo libro que ofrecer.
Os espero.


viernes, 22 de febrero de 2019

Antes. Entonces. Nunca


Una nueva andadura. 
Un nuevo proyecto. 
Una aproximación, de lo más personal, al mito de Narciso.

El próximo día 28 de febrero saldrá a la venta mi nueva novela, Antes. Entonces. Nunca, publicada por la editorial madrileña Talentura Libros.




jueves, 15 de noviembre de 2018

En rojo


Al llegar al semáforo ella ya estaba allí detenida, con su coche blanco, a una hora en la que las primeras luces de la mañana de este jueves apenas conseguían despuntar entre fríos bostezos. La primera vez nos hemos mirado por casualidad, por puro instinto. Yo he girado la cabeza hacia mi derecha, justo cuando ella lo hacía hacia el espacio que mi viejo utilitario acababa de ocupar. Solo ha sido un instante pues ese pudor propio de los desconocidos ha hecho que ambos, como movidos por el mismo resorte, volteáramos al unísono la vista hacia el frente. Pero unos segundos después, muy pocos, alentado quizá por la cálida música de Radio 3 que sonaba en ese momento y atraído por aquella primera y fugaz impresión que ella me acababa de trasladar, he vuelto a mirarla. Y allí seguía, sonriendo con divertida timidez al saberse observada, con sus esponjosos rizos cubriendo sus mejillas, con su naricilla hermosa y sus jóvenes labios; con toda una vida ajena a mí por delante.

jueves, 4 de octubre de 2018

De madrugada


Fue un error. Porque si de verdad hubiera querido visitarla, hubiese también aprovechado para acariciar a un canguro, que es un animal cuyo tacto me inquieta porque nunca me acuerdo de si tiene pelo, como una llama, o piel, como los cerdos. Pero ya digo que fue algo involuntario, así que al instante puse la radio para despejarme y escuché un programa en el que se hablaba de Schubert y en el que se decían de él cosas tan hermosas, que me surgió la necesidad de buscar más información sobre el genio austriaco, autor de la frágil Serenade y de esas escuetas delicias que son los lieder. Y así transcurrió la noche a partir de ese momento. Plácida. Entre sus suaves acordes y la Wikipedia. Porque luego me dormí de nuevo y ya no volví a soñar con ella, que desde que rompimos y se fue, hace ya unos cuantos años, vive en un lugar recóndito de mi memoria, tan lejano o más que Australia.

jueves, 12 de julio de 2018

Calor sin ti


Aquel día que bajé a la playa -sería media tarde- el sol apretaba tanto que, para poder soportarlo, me obligué a pensar en Groenlandia.  
Como a quince metros de distancia de mi sudor, una chica se incorporó hasta ponerse de rodillas sobre la toalla. Veinte años. Vientre liso. Pecho discreto y firme. Desde ese equilibrio se atusó el cabello y se humedeció los labios con la lengua. Su melena era del color de su biquini. O viceversa. No recuerdo bien. Ante aquellos bellos versos, a la izquierda de mi otear, cuatro jóvenes detuvieron al instante sus bárbaros juegos. Miraron a la joven y les oí mascullar obscenidades y risas. En ese momento pasó un avión sin dejar apenas marcada su estela -con lo que me gustan las estelas de los aviones como metáfora nostálgica- y, junto a la orilla, unos niños estallaron de alegría cuando su madre les echó agua con un cubo de plástico. 
Miré a la chica, miré a los bárbaros, miré el avión sin estela, miré la inocencia del agua...
Continuaba haciendo tanto calor cuando cerré los ojos para mejor recordarte, que tuve que hacerlo imaginándome tu piel como el cristal de un botellín de cerveza fría, fría, fría... Congelada.



jueves, 7 de junio de 2018

R.I.P.


Estás muerto. Te has muerto. Eres para mí todos los muertos anónimos de este puto mundo.
Eres ese viejo que murió postrado en su cama rodeado de la ausencia de quienes nunca le quisieron del todo. Eres aquél al que unos asquerosos rapados molieron a palos hasta hundirle el mentón bajo la cuenca de sus ojos. Por maricón. Eres el suicida reincidente que lo logra a la de tres, después de haber intentado cortarse las venas poniéndolo todo perdidito de sangre, y tras haber tratado de ahorcarse, con tal poco acierto al elegir la rama más frágil del árbol. Eres un soldado de remplazo cosido a balazos a las primeras de cambio, una anotación más en la planilla de la morgue, un mal poeta seco por la tuberculosis.
Eres el tipo que se estrelló con su motocicleta recién comprada y el abogado trepidante y chulito que la palmó de un paro cardiaco. Eres un represaliado político al que le han dado el paseíllo. Eres el que se llevó los tres navajazos en una reyerta pandillera y el yonqui esquelético al que encontraron bajo el hueco de una escalera con la aguja aún clavada en el brazo.
Eres un peatón atropellado al ir a buscar el pan, ese negro que no logra cruzar el estrecho y el sin techo que en breve morirá a golpes de vino peleón y soledad.
Que te quede claro, Raúl. Para mí ya no eres nadie. Desde el mismo instante en el que ayer te vi pasear calle abajo, cogido del brazo de ella, eres tan solo una lápida sin flores. Un nicho sin nombre.

jueves, 5 de abril de 2018

Café frente al mar en día festivo

Nos sobrevuelan cuatro gaviotas planeando en fila rigurosa, como ciclistas descendiendo. Un viejo pequinés apenas llega a ladrarle al único niño de toda la terraza; lo mira jugar por ente las sillas vacías, mueve el rabo lentamente y le dedica un gruñido ronco que más parece un estertor. Pocas mesas ocupadas para ser un día festivo. Hace frío, aunque no tanto, y el mar viste de un verde apagado. Aún no son las once de esta mañana tan gris, y una pareja de extranjeros -menos de sesenta calculo que tendrán- comparten con calma y sin demasiado amor una botella de champán. Ella lleva un abrigo de piel y él gafas anchas y demasiado oscuras para tan poco sol. Todo en ellos resulta un poco gatopardiano.
Apuro mi café con leche haciendo coincidir el último sorbo con el final de uno de los capítulos del libro que me he traído. Levanto entonces la cabeza, miro la nada con la nostalgia de tiempos mejores -pienso en la enfermedad de mi padre y en cuando era más feliz con ella- y me subo la solapa de la chaqueta para resguardarme de la brisa. Al fondo, a unos diez metros enfrente de mí, la madre del niño, guapa, joven y de aire distante, hace lo mismo con su abrigo. Frunce el ceño y pierde la mirada en el mar. Parece que recuerda algo. O que sueña.

jueves, 1 de marzo de 2018

Amor, amor, amor

Las palabras que dicen los enamorados en momentos como estos, están cargadas de una emoción que todo lo deforma y lo enturbia. Únicamente el silencio tiene la capacidad, la crueldad precisa, de devolverles a la tierra.
Cris y yo nos hemos quedado callados, cogidas nuestras manos y fijas las miradas en las del otro, unos pocos segundos después de habernos jurado amor eterno.
No hacía dos horas que nos conocíamos y ya cerrábamos el mundo entorno nuestro. Habíamos hablado sin parar desde el primer momento, chisposos, animados por no sé qué fuerza arrebatadora. Habíamos bailado tarareándonos al oído, de forma dulce y melodiosa, los sones de una canción que ya sería nuestra para siempre. Nos comimos, compartiéndolo a lametones, un helado de turrón, sabor que, entre risas que sonaban a caricias, coincidimos en decir que era el que más nos gustaba a ambos. Perdimos el aliento de tantos besos que nos dimos. Casi mordiscos. Nos precipitamos haciendo planes de viajes exóticos a países imaginarios o a islas vírgenes que no salían en ningún mapa. Nos brillaron los ojos al descubrir que teníamos los mismos gustos para los estampados de la tela del sofá, que decidimos compraríamos para el piso que en breve compartiríamos, donde acordamos sin mayor trauma que criaríamos a tres hijos, cuyos nombres también salieron de forma espontánea y sin controversia. 
Y ahora, con las manos enlazadas y en silencio, en mitad de una tarde que se acaba, sometidos a una brisa un tanto molesta, algo fría y bastante húmeda, me doy cuenta de que empieza a costarnos mantener las acarameladas miradas de hace un rato. Y que al tiempo que han ido remitiendo los emocionados jadeos, hemos recompuesto el ritmo cardíaco y la cordura ha comenzado a llenar el vaso de un adiós que me resulta evidente, cuando Cris, un tanto turbada e incómoda, me ha soltado las manos y ha llamado a un taxi.


Enero 2011