No eran círculos
concéntricos. Eso es lo que pensé al inicio, antes de percatarme de que cuanto
más andaba más me iba alejando del punto al que debía dirigirme. Sobre un fondo verde encontrarás un
nombre escrito en letras doradas. Pronúncialo en voz alta. Ese era el objetivo, según la nota que
encontré en mi mano al despertar, algo mareado, en medio de aquel océano
siniestro. Fue un amargo amanecer; todo me daba vueltas, olía a algo sintético
y, para colmo, estaba aquel incesante e insoportable ruido que me volvía loco.
Lo primero que hice fue
subirme sobre el peralte del camino -afilado como cuchilla de afeitar- y alzar
la vista para ver si me orientaba. No fue sencillo mantener el equilibrio
siquiera un par de segundos, porque además aquel asfalto oscilaba inestable. A
pesar de ello, a no demasiada distancia atiné a ver una planicie del color que
indicaba la nota -verde, verde esperanza- y hacía allí traté de dirigirme
cuando me puse a caminar en busca de un resquicio, un pasillo que comunicara
los anillos hasta ayudarme a alcanzar el centro. Caminé sin descanso, como digo, hasta que
descubrí que a más distancia recorrida más me separaba de mi propósito.
Así que me detuve y me senté
un instante en aquel bordillo cortante que parapetaba por ambos lados la
estrecha senda por la que caminaba. Me tapé los oídos tratando de aislar mis
ideas y me puse a pensar. Si no son círculos concéntricos -me dije-, lo que
ocurre es que ando dentro de una espiral. Eso es, resolví emocionado. Estoy
metido en una espiral y lo que he de hacer para salir de esta tortura no es más
que, o bien caminar en sentido inverso, o bien atajar campo a través saltando
murete tras murete en la dirección interesada. Y esto segundo es lo que hice,
tras encaramarme para ubicarme de nuevo en el espacio.
Teniendo en cuenta tanto la
altura de aquellas aristas como su infinito número, a pesar de mi ánimo
renovado es fácil entender el esfuerzo que me supuso la empresa. Fueron horas,
muchas, las que anduve sometido a la fatiga y al ensordecedor sonido que todo
lo envolvía, con lo que acabé con el alma y el cuerpo magullados. Me dolían las
articulaciones, me estallaba la cabeza, me torcí un tobillo y me hice multitud
de cortes en las manos, los muslos y las espinillas. Pero aun con todas
las penalidades lo conseguí. Alcancé mi Arcadia al borde de la extenuación, sí,
pero al final lo conseguí.
Fue justo al llegar, tras
desplomarme sobre el manto verde y romper a llorar como un niño, cuando caí en
la cuenta del repentino silencio. Aquel atronador sonido que durante tantas
horas de camino me había atormentado, cesó de golpe dando paso a un ligero
rumor -quizá mecánico y pautado- que de algún modo me recordó las olas del mar.
Arrullado y ya más calmado me incorporé como pude, recobré el resuello y me
decidí a buscar el mensaje cifrado para salir cuanto antes de aquel infierno.
En caracteres dorados de un tamaño tan grande que tuve que ir descifrándolos de
uno en uno, primero una B,
después una e, la tercera
una r y así hasta el
final, compuse el misterioso nombre y resolví con ello el acertijo que me
exigían para devolverme la libertad. Bertín
Osborne, dije en voz alta.
.jpg)




