jueves, 12 de julio de 2018

Calor sin ti


Aquel día que bajé a la playa -sería media tarde- el sol apretaba tanto que, para poder soportarlo, me obligué a pensar en Groenlandia.  
Como a quince metros de distancia de mi sudor, una chica se incorporó hasta ponerse de rodillas sobre la toalla. Veinte años. Vientre liso. Pecho discreto y firme. Desde ese equilibrio se atusó el cabello y se humedeció los labios con la lengua. Su melena era del color de su biquini. O viceversa. No recuerdo bien. Ante aquellos bellos versos, a la izquierda de mi otear, cuatro jóvenes detuvieron al instante sus bárbaros juegos. Miraron a la joven y les oí mascullar obscenidades y risas. En ese momento pasó un avión sin dejar apenas marcada su estela -con lo que me gustan las estelas de los aviones como metáfora nostálgica- y, junto a la orilla, unos niños estallaron de alegría cuando su madre les echó agua con un cubo de plástico. 
Miré a la chica, miré a los bárbaros, miré el avión sin estela, miré la inocencia del agua...
Continuaba haciendo tanto calor cuando cerré los ojos para mejor recordarte, que tuve que hacerlo imaginándome tu piel como el cristal de un botellín de cerveza fría, fría, fría... Congelada.



jueves, 7 de junio de 2018

R.I.P.


Estás muerto. Te has muerto. Eres para mí todos los muertos anónimos de este puto mundo.
Eres ese viejo que murió postrado en su cama rodeado de la ausencia de quienes nunca le quisieron del todo. Eres aquél al que unos asquerosos rapados molieron a palos hasta hundirle el mentón bajo la cuenca de sus ojos. Por maricón. Eres el suicida reincidente que lo logra a la de tres, después de haber intentado cortarse las venas poniéndolo todo perdidito de sangre, y tras haber tratado de ahorcarse, con tal poco acierto al elegir la rama más frágil del árbol. Eres un soldado de remplazo cosido a balazos a las primeras de cambio, una anotación más en la planilla de la morgue, un mal poeta seco por la tuberculosis.
Eres el tipo que se estrelló con su motocicleta recién comprada y el abogado trepidante y chulito que la palmó de un paro cardiaco. Eres un represaliado político al que le han dado el paseíllo. Eres el que se llevó los tres navajazos en una reyerta pandillera y el yonqui esquelético al que encontraron bajo el hueco de una escalera con la aguja aún clavada en el brazo.
Eres un peatón atropellado al ir a buscar el pan, ese negro que no logra cruzar el estrecho y el sin techo que en breve morirá a golpes de vino peleón y soledad.
Que te quede claro, Raúl. Para mí ya no eres nadie. Desde el mismo instante en el que ayer te vi pasear calle abajo, cogido del brazo de ella, eres tan solo una lápida sin flores. Un nicho sin nombre.

jueves, 5 de abril de 2018

Café frente al mar en día festivo

Nos sobrevuelan cuatro gaviotas planeando en fila rigurosa, como ciclistas descendiendo. Un viejo pequinés apenas llega a ladrarle al único niño de toda la terraza; lo mira jugar por ente las sillas vacías, mueve el rabo lentamente y le dedica un gruñido ronco que más parece un estertor. Pocas mesas ocupadas para ser un día festivo. Hace frío, aunque no tanto, y el mar viste de un verde apagado. Aún no son las once de esta mañana tan gris, y una pareja de extranjeros -menos de sesenta calculo que tendrán- comparten con calma y sin demasiado amor una botella de champán. Ella lleva un abrigo de piel y él gafas anchas y demasiado oscuras para tan poco sol. Todo en ellos resulta un poco gatopardiano.
Apuro mi café con leche haciendo coincidir el último sorbo con el final de uno de los capítulos del libro que me he traído. Levanto entonces la cabeza, miro la nada con la nostalgia de tiempos mejores -pienso en la enfermedad de mi padre y en cuando era más feliz con ella- y me subo la solapa de la chaqueta para resguardarme de la brisa. Al fondo, a unos diez metros enfrente de mí, la madre del niño, guapa, joven y de aire distante, hace lo mismo con su abrigo. Frunce el ceño y pierde la mirada en el mar. Parece que recuerda algo. O que sueña.

jueves, 1 de marzo de 2018

Amor, amor, amor

Las palabras que dicen los enamorados en momentos como estos, están cargadas de una emoción que todo lo deforma y lo enturbia. Únicamente el silencio tiene la capacidad, la crueldad precisa, de devolverles a la tierra.
Cris y yo nos hemos quedado callados, cogidas nuestras manos y fijas las miradas en las del otro, unos pocos segundos después de habernos jurado amor eterno.
No hacía dos horas que nos conocíamos y ya cerrábamos el mundo entorno nuestro. Habíamos hablado sin parar desde el primer momento, chisposos, animados por no sé qué fuerza arrebatadora. Habíamos bailado tarareándonos al oído, de forma dulce y melodiosa, los sones de una canción que ya sería nuestra para siempre. Nos comimos, compartiéndolo a lametones, un helado de turrón, sabor que, entre risas que sonaban a caricias, coincidimos en decir que era el que más nos gustaba a ambos. Perdimos el aliento de tantos besos que nos dimos. Casi mordiscos. Nos precipitamos haciendo planes de viajes exóticos a países imaginarios o a islas vírgenes que no salían en ningún mapa. Nos brillaron los ojos al descubrir que teníamos los mismos gustos para los estampados de la tela del sofá, que decidimos compraríamos para el piso que en breve compartiríamos, donde acordamos sin mayor trauma que criaríamos a tres hijos, cuyos nombres también salieron de forma espontánea y sin controversia. 
Y ahora, con las manos enlazadas y en silencio, en mitad de una tarde que se acaba, sometidos a una brisa un tanto molesta, algo fría y bastante húmeda, me doy cuenta de que empieza a costarnos mantener las acarameladas miradas de hace un rato. Y que al tiempo que han ido remitiendo los emocionados jadeos, hemos recompuesto el ritmo cardíaco y la cordura ha comenzado a llenar el vaso de un adiós que me resulta evidente, cuando Cris, un tanto turbada e incómoda, me ha soltado las manos y ha llamado a un taxi.


Enero 2011

jueves, 25 de enero de 2018

De lo fugaz

Un segundo. Un instante es suficiente para que la vida de un giro inesperado. Algo así, algo tan socorrido como esto, ha debido de pensar Suárez en el momento mismo en el que esta mañana ha percibido que se le precipitaban los acontecimientos. Porque eso a veces se percibe.
Al escaparse hoy un par de horas del trabajo, como solía hacer cada primera semana de mes, para disfrutar de esa necesaria debilidad que convertía su anodina existencia en algo más o menos soportable, se ha visto envuelto en una riña familiar y ha acabado, sin comerlo ni beberlo, tirado por el suelo y desangrándose como un marrano. Ni Suárez era un tipo deleznable, ni tampoco hoy es un día especialmente señalado para la tragedia por la extraña conjunción de ningún astro.
Pero el caso es que la habitación, parca y mísera, ha quedado hecha un sin dios. Puro desorden. La bella Helena; vestida con un vinilo, negro brillante; yace sobre la cama con los ojos abiertos, y todavía boquea el estertor de los últimos instantes de una vida que poco se parece a la que en algún momento pudo soñar que tendría. Suárez ha caído de rodillas, amordazado, con las manos atadas a la espalda y con el consolador introducido en su culo. En una de las sillas, justo en la que Helena disponía el cilicio y un par de dildos más, se ve su maletín y su ropa colgada. Todo salpicado de sangre. 
Pasan unos minutos del mediodía. Junto a la puerta, todavía nervioso y palpitante, Constantin, marido y chulo de la chica, sujeta sudoroso un pequeño revolver del treinta y ocho. El pobre parece arrepentido.

Agosto 09

jueves, 21 de diciembre de 2017

Merry Christmas

Fue una vecina la que dio el aviso, harta de oír maullar durante dos días al gato de los del segundo.
Al llegar, la policía se encontró las persianas bajadas, una penumbra espesa y ese olor dulzón que, según las novelas del género, siempre anuncia a la muerte. Un piso de dos habitaciones, salón, cocina y un baño. Los cajones de los dormitorios, el de matrimonio y otro más pequeño, empapelado de azul y con cenefa a media pared con dibujos de nubes, estaban abiertos y vacíos. Durante aquella inspección ocular, un burmilla, de pelo sedoso y carita de pena, no paró de colarse por entre las piernas de los agentes, rompiendo la solemnidad del trance con el inoportuno tintineo del cascabel y un desesperante quejido.
En el salón encontraron el televisor con niebla en la pantalla y, junto al reproductor, la carátula abierta de una conocida película de Frank Capra. Entre los rígidos dedos del individuo que yacía desangrado vena abajo en el sofá, también hallaron una carta, firmada por una tal Anabel, que terminaba con estas frases: «Ya no me pegarás más, cabrón. Ahí te quedas con tu gato... Feliz Navidad.» 
Lo primero que ordenó el sargento fue que le pusieran agua al minino, a ver si conseguían callarlo de una vez por todas.

jueves, 23 de noviembre de 2017

A primera hora de la mañana

Al llegar al semáforo ella ya estaba allí, en su coche blanco, a una hora en la que la mañana apenas despuntaba entre fríos bostezos. La primera vez nos hemos mirado por casualidad, por puro instinto. Yo he girado la cabeza hacia mi derecha, justo cuando ella lo hacía el espacio que mi viejo Passat acababa de ocupar. Solo ha sido un instante pues el pudor ha hecho que ambos, como movidos por el mismo resorte, volteáramos al unísono la vista hacia el frente. Pero unos segundos después, alentado quizá por la cálida música que en ese momento emitía Radio 3 y atraído por aquella primera y fugaz impresión, he vuelto a mirarla. Y allí estaba, sonriendo con divertida timidez al saberse observada, con sus esponjosos rizos cubriendo sus mejillas, con su naricilla hermosa y sus jóvenes labios; con toda una vida ajena a mí por delante. 

jueves, 21 de septiembre de 2017

Confesiones de un autor

«Los domingos me provocan la misma desconfianza que las chicas con tacones de aguja». Quien lo dice suele vestir arrugado, fuma como en otro tiempo y arrastra en su rostro un cansancio que nació con él. De normal, por su oscuro trabajo va igual de armado que un cielo otoñal preñado de nubes. Lo imagino esquivo, aunque honrado, y sensible, aunque parco. Lo imagino también con el alma llena de muescas y la memoria embarrada en carmín.
Mi personaje ha amanecido con una mujer en su cama. Hace poco más de una semana que la conoce y anoche fue la primera que pasaron juntos. A ella se le nota feliz y, por su semblante sereno, se diría que parece dispuesta a correr el riesgo de seguir conociéndole. Aún no he decidido cómo va a responder él cuando unos pocos párrafos después ella se ofrezca para amarle. 
—Tenemos todo un día por delante. Podríamos desayunar e irnos a pasear un rato por la playa; comer en un chiringuito y luego echar una siesta. Me encantan los domingos. ¿Y a ti pregunta ella con una sonrisa cómplice y juguetona emergiendo de debajo de las sabanas.
—Los domingos me provocan la misma desconfianza que las chicas con tacones de aguja —responde él sin dejar de mirar el techo del dormitorio. Un tanto ausente. 
El cuento avanza lento. Estoy perezoso y aún no he desayunado.

viernes, 7 de julio de 2017

Yo, sin ti, en la playa

El sol aprieta tanto que, para poder soportarlo, me obligo a soñar con Groenlandia.
Abro los ojos.
Como a quince metros de distancia de mi sudor, una chica se incorpora... 


jueves, 18 de mayo de 2017

Domingos ariscos

De pequeña era blanca como la nieve, como el merengue, la ausencia o la paz. Era blanca como las sábanas de los anuncios de detergentes o los dientes nacarados de las modelos. Pero antes de cumplir su primer año -las fotos que le he ido haciendo lo atestiguan- mudó el pelaje y, desde la cola a la testuz, todo su lomo o lo que vendría siendo toda su cornisa, se le volvió parda, o más bien tostada, de un cálido color capuccino que se derrama perdiendo intensidad por sus flancos. Las cañas de sus patas traseras también se le tornaron brunas, pero no así sus pies, propiamente dichos, que siempre han sido albos los cuatro. Hoy sus ojos, que son bellos y azules, como los de Marilyn, sobresalen entre un atractivo antifaz de tono carmelita, que le confiere un moderno toque de heroína de cómic. 
Zac, mi gata, ha cambiado con el tiempo. Mis domingos, no.


jueves, 13 de abril de 2017

Pasión

Hay algo hermoso en esta fotografía que hice el otro día en plena aorta de aquel pueblo de Cádiz. Y no son los claveles; reventones, primaverales, paradigmáticos. Ni tampoco los colores inflamados del ocre de los tiestos, del jugoso glauco de las hojas o del azul eléctrico del viejo batín. Ni siquiera se trata de la sonrisa, espontánea y benigna, de la señora Ana. Hablo del instante y su recuerdo, del mismo click, de la brisa calurosa, del bullicio del momento, de la estrechez de esa calle a la que llaman cuesta de Belén y que desemboca en una angosta plaza donde se alza una majestuosa iglesia. Me refiero, por tanto, a algo que no podéis ver porque es invisible, y que discute la máxima de que la imagen vale más que mil palabras.


jueves, 23 de marzo de 2017

Viajo a Valencia

Un nuevo libro, su publicación, tiene mucho de viaje y el título de mi novela ya habla, siquiera de forma metafórica, de ello.
Y como viajar también es desplazarse, deciros que la próxima presentación de UN VIAJE SOLO PARA HOMBRES, la del próximo día 1 de abril, me llevará a Valencia.



viernes, 3 de febrero de 2017

UN VIAJE SOLO PARA HOMBRES

Este fin de semana sale al mercado la novela que me ha publicado la Editorial Versatil.
Confieso que, después de tres años, me resulta agradable volver de nuevo 'a la carretera', con esta novela, que llega tras mis anteriores libros de relatos breves.
Espero que os guste.


jueves, 12 de enero de 2017

Confesiones

El nido que forma su cuerpo cuando duerme hecha un ovillo. El imán con el rostro de Marilyn de mi nevera. El suave deslizar del cajón de los cubiertos al abrirse y la reflexión esmeralda de los azulejos de la cocina.
Me gusta también el primer maullido de mi gata al saludarme, porque suena muy delicado, muy de amante sincera. Y el silencio de las nueve en punto de cualquier día de fiesta, tanto como las fanfarrias wagnerianas de las oberturas de John Williams. Me gusta el eficaz arranque del libro que ha escrito un amigo: «Llegué a Siena de noche, a finales de un cálido septiembre,...», y la sonrisa ausente en los cuadros de Hopper. Me gusta la belleza de las pequeñas cosas, incluso si se dan en domingo.


jueves, 22 de diciembre de 2016

Campanas de Belén

Desde mi despacho escucho el lento toque de clamor de unas campanas cercanas. Mientras el día se desangra, empañando gota a gota mi ventana, pienso en lo malo que ha de ser que te entierren en día de lluvia, con toda esa arena mojada adhiriéndosete viscosa como el último recuerdo que en vida tuviste; que igual fue bueno, de aquella vieja Navidad en compañía de los tuyos, antes de que te encontrases solo. Me asomo y, en picado, desde este cuarto piso, veo toldos de paraguas, con sus conteras enhiestas como crucifijos, engalanando vanamente con sus colores el gris general de la mañana. En ese momento enmudece el tañido nostálgico. Los dos toques breves finales, anuncian que el finado es un hombre.