lunes, 30 de septiembre de 2019

Razones para leer "ANTES. ENTONCES. NUNCA"



Mariano Zurdo, el editor de Talentura, explica de una forma amena, simple y clara, por qué deberías de leer mi última novela.

jueves, 20 de junio de 2019

Viernes. Primavera


Mi pueblo está encorsetado entre medias montañas que lo confinan frente al mar, con lo que, cuando está nublado, con esas paredes angulosas de esa ensenada y el techo bajo que forman las nubes, el entorno adquiere una dimensión recogida y estrecha. Hoy ha sido uno de esos días, pues el cielo ha amanecido emborronado de unos estratos grises que lo oscurecían todo un poco. Además, cuando ya estaba en el coche ha comenzado a chispear a un ritmo lento y sincopado; poca cosa, lluvia escasa apenas salpicando de letras sueltas el parabrisas; lo que ha propiciado que, mientras escuchaba el parte horario, detenido en un semáforo, me diera por entretenerme formando abracadabras que obraran el milagro de que el tiempo despejase. Una 'v' aquí, una 'i' más allá, un par de 'es' flanqueando las gotas de dos consonantes y, al final, cuando ya despuntaba el primer claro, he visto caer y derramarse una suave y escurridiza 's'.

jueves, 23 de mayo de 2019

Mañanas de domingo


Un policía avejentado, lleno de dudas y con mal de amores, está al acecho. Un crimen atroz e inesperado cometido bajo una lluvia torrencial. Clima y climax, una vez más de la mano... lo de siempre.
Aquí no llueve. Solea sin avalanchas y el día es limpio y esponjoso como en un anuncio de detergente. Ella continúa durmiendo. Yo me terminé el café hace ya un par de capítulos. En un momento dado, cansado de virajes sorprendentes, levanto la vista del libro para tratar de percibir el estado de las cosas y noto cómo me envuelve un silencio casi absoluto, ni un solo ruido que ayude a despistarme; ni pájaros ni brisa, ni tráfico a lo lejos, ni indicio vecinal. Nada salvo el repentino y meloso sonido de la lengua de Zac, que tras un escorzo circense ha comenzado a revolcarse en el frío gres y a lamerse su pelaje. La miro durante unos segundos y me da por pensar que los gatos se parecen bastante a los domingos en que no hay quien los entienda.


jueves, 9 de mayo de 2019

Presentación en Madrid


Amigos de Madrid, llegó el día.
Mañana viernes día 10 –siempre en viernes– presentaré mi última novela en la capital. Ya tenía ganas de volver a esa ciudad con un nuevo libro que ofrecer.
Os espero.


viernes, 22 de febrero de 2019

Antes. Entonces. Nunca


Una nueva andadura. 
Un nuevo proyecto. 
Una aproximación, de lo más personal, al mito de Narciso.

El próximo día 28 de febrero saldrá a la venta mi nueva novela, Antes. Entonces. Nunca, publicada por la editorial madrileña Talentura Libros.




jueves, 15 de noviembre de 2018

En rojo


Al llegar al semáforo ella ya estaba allí detenida, con su coche blanco, a una hora en la que las primeras luces de la mañana de este jueves apenas conseguían despuntar entre fríos bostezos. La primera vez nos hemos mirado por casualidad, por puro instinto. Yo he girado la cabeza hacia mi derecha, justo cuando ella lo hacía hacia el espacio que mi viejo utilitario acababa de ocupar. Solo ha sido un instante pues ese pudor propio de los desconocidos ha hecho que ambos, como movidos por el mismo resorte, volteáramos al unísono la vista hacia el frente. Pero unos segundos después, muy pocos, alentado quizá por la cálida música de Radio 3 que sonaba en ese momento y atraído por aquella primera y fugaz impresión que ella me acababa de trasladar, he vuelto a mirarla. Y allí seguía, sonriendo con divertida timidez al saberse observada, con sus esponjosos rizos cubriendo sus mejillas, con su naricilla hermosa y sus jóvenes labios; con toda una vida ajena a mí por delante.

jueves, 4 de octubre de 2018

De madrugada


Fue un error. Porque si de verdad hubiera querido visitarla, hubiese también aprovechado para acariciar a un canguro, que es un animal cuyo tacto me inquieta porque nunca me acuerdo de si tiene pelo, como una llama, o piel, como los cerdos. Pero ya digo que fue algo involuntario, así que al instante puse la radio para despejarme y escuché un programa en el que se hablaba de Schubert y en el que se decían de él cosas tan hermosas, que me surgió la necesidad de buscar más información sobre el genio austriaco, autor de la frágil Serenade y de esas escuetas delicias que son los lieder. Y así transcurrió la noche a partir de ese momento. Plácida. Entre sus suaves acordes y la Wikipedia. Porque luego me dormí de nuevo y ya no volví a soñar con ella, que desde que rompimos y se fue, hace ya unos cuantos años, vive en un lugar recóndito de mi memoria, tan lejano o más que Australia.

jueves, 12 de julio de 2018

Calor sin ti


Aquel día que bajé a la playa -sería media tarde- el sol apretaba tanto que, para poder soportarlo, me obligué a pensar en Groenlandia.  
Como a quince metros de distancia de mi sudor, una chica se incorporó hasta ponerse de rodillas sobre la toalla. Veinte años. Vientre liso. Pecho discreto y firme. Desde ese equilibrio se atusó el cabello y se humedeció los labios con la lengua. Su melena era del color de su biquini. O viceversa. No recuerdo bien. Ante aquellos bellos versos, a la izquierda de mi otear, cuatro jóvenes detuvieron al instante sus bárbaros juegos. Miraron a la joven y les oí mascullar obscenidades y risas. En ese momento pasó un avión sin dejar apenas marcada su estela -con lo que me gustan las estelas de los aviones como metáfora nostálgica- y, junto a la orilla, unos niños estallaron de alegría cuando su madre les echó agua con un cubo de plástico. 
Miré a la chica, miré a los bárbaros, miré el avión sin estela, miré la inocencia del agua...
Continuaba haciendo tanto calor cuando cerré los ojos para mejor recordarte, que tuve que hacerlo imaginándome tu piel como el cristal de un botellín de cerveza fría, fría, fría... Congelada.



jueves, 7 de junio de 2018

R.I.P.


Estás muerto. Te has muerto. Eres para mí todos los muertos anónimos de este puto mundo.
Eres ese viejo que murió postrado en su cama rodeado de la ausencia de quienes nunca le quisieron del todo. Eres aquél al que unos asquerosos rapados molieron a palos hasta hundirle el mentón bajo la cuenca de sus ojos. Por maricón. Eres el suicida reincidente que lo logra a la de tres, después de haber intentado cortarse las venas poniéndolo todo perdidito de sangre, y tras haber tratado de ahorcarse, con tal poco acierto al elegir la rama más frágil del árbol. Eres un soldado de remplazo cosido a balazos a las primeras de cambio, una anotación más en la planilla de la morgue, un mal poeta seco por la tuberculosis.
Eres el tipo que se estrelló con su motocicleta recién comprada y el abogado trepidante y chulito que la palmó de un paro cardiaco. Eres un represaliado político al que le han dado el paseíllo. Eres el que se llevó los tres navajazos en una reyerta pandillera y el yonqui esquelético al que encontraron bajo el hueco de una escalera con la aguja aún clavada en el brazo.
Eres un peatón atropellado al ir a buscar el pan, ese negro que no logra cruzar el estrecho y el sin techo que en breve morirá a golpes de vino peleón y soledad.
Que te quede claro, Raúl. Para mí ya no eres nadie. Desde el mismo instante en el que ayer te vi pasear calle abajo, cogido del brazo de ella, eres tan solo una lápida sin flores. Un nicho sin nombre.

jueves, 5 de abril de 2018

Café frente al mar en día festivo

Nos sobrevuelan cuatro gaviotas planeando en fila rigurosa, como ciclistas descendiendo. Un viejo pequinés apenas llega a ladrarle al único niño de toda la terraza; lo mira jugar por ente las sillas vacías, mueve el rabo lentamente y le dedica un gruñido ronco que más parece un estertor. Pocas mesas ocupadas para ser un día festivo. Hace frío, aunque no tanto, y el mar viste de un verde apagado. Aún no son las once de esta mañana tan gris, y una pareja de extranjeros -menos de sesenta calculo que tendrán- comparten con calma y sin demasiado amor una botella de champán. Ella lleva un abrigo de piel y él gafas anchas y demasiado oscuras para tan poco sol. Todo en ellos resulta un poco gatopardiano.
Apuro mi café con leche haciendo coincidir el último sorbo con el final de uno de los capítulos del libro que me he traído. Levanto entonces la cabeza, miro la nada con la nostalgia de tiempos mejores -pienso en la enfermedad de mi padre y en cuando era más feliz con ella- y me subo la solapa de la chaqueta para resguardarme de la brisa. Al fondo, a unos diez metros enfrente de mí, la madre del niño, guapa, joven y de aire distante, hace lo mismo con su abrigo. Frunce el ceño y pierde la mirada en el mar. Parece que recuerda algo. O que sueña.

jueves, 1 de marzo de 2018

Amor, amor, amor

Las palabras que dicen los enamorados en momentos como estos, están cargadas de una emoción que todo lo deforma y lo enturbia. Únicamente el silencio tiene la capacidad, la crueldad precisa, de devolverles a la tierra.
Cris y yo nos hemos quedado callados, cogidas nuestras manos y fijas las miradas en las del otro, unos pocos segundos después de habernos jurado amor eterno.
No hacía dos horas que nos conocíamos y ya cerrábamos el mundo entorno nuestro. Habíamos hablado sin parar desde el primer momento, chisposos, animados por no sé qué fuerza arrebatadora. Habíamos bailado tarareándonos al oído, de forma dulce y melodiosa, los sones de una canción que ya sería nuestra para siempre. Nos comimos, compartiéndolo a lametones, un helado de turrón, sabor que, entre risas que sonaban a caricias, coincidimos en decir que era el que más nos gustaba a ambos. Perdimos el aliento de tantos besos que nos dimos. Casi mordiscos. Nos precipitamos haciendo planes de viajes exóticos a países imaginarios o a islas vírgenes que no salían en ningún mapa. Nos brillaron los ojos al descubrir que teníamos los mismos gustos para los estampados de la tela del sofá, que decidimos compraríamos para el piso que en breve compartiríamos, donde acordamos sin mayor trauma que criaríamos a tres hijos, cuyos nombres también salieron de forma espontánea y sin controversia. 
Y ahora, con las manos enlazadas y en silencio, en mitad de una tarde que se acaba, sometidos a una brisa un tanto molesta, algo fría y bastante húmeda, me doy cuenta de que empieza a costarnos mantener las acarameladas miradas de hace un rato. Y que al tiempo que han ido remitiendo los emocionados jadeos, hemos recompuesto el ritmo cardíaco y la cordura ha comenzado a llenar el vaso de un adiós que me resulta evidente, cuando Cris, un tanto turbada e incómoda, me ha soltado las manos y ha llamado a un taxi.


Enero 2011

jueves, 25 de enero de 2018

De lo fugaz

Un segundo. Un instante es suficiente para que la vida de un giro inesperado. Algo así, algo tan socorrido como esto, ha debido de pensar Suárez en el momento mismo en el que esta mañana ha percibido que se le precipitaban los acontecimientos. Porque eso a veces se percibe.
Al escaparse hoy un par de horas del trabajo, como solía hacer cada primera semana de mes, para disfrutar de esa necesaria debilidad que convertía su anodina existencia en algo más o menos soportable, se ha visto envuelto en una riña familiar y ha acabado, sin comerlo ni beberlo, tirado por el suelo y desangrándose como un marrano. Ni Suárez era un tipo deleznable, ni tampoco hoy es un día especialmente señalado para la tragedia por la extraña conjunción de ningún astro.
Pero el caso es que la habitación, parca y mísera, ha quedado hecha un sin dios. Puro desorden. La bella Helena; vestida con un vinilo, negro brillante; yace sobre la cama con los ojos abiertos, y todavía boquea el estertor de los últimos instantes de una vida que poco se parece a la que en algún momento pudo soñar que tendría. Suárez ha caído de rodillas, amordazado, con las manos atadas a la espalda y con el consolador introducido en su culo. En una de las sillas, justo en la que Helena disponía el cilicio y un par de dildos más, se ve su maletín y su ropa colgada. Todo salpicado de sangre. 
Pasan unos minutos del mediodía. Junto a la puerta, todavía nervioso y palpitante, Constantin, marido y chulo de la chica, sujeta sudoroso un pequeño revolver del treinta y ocho. El pobre parece arrepentido.

Agosto 09

jueves, 21 de diciembre de 2017

Merry Christmas

Fue una vecina la que dio el aviso, harta de oír maullar durante dos días al gato de los del segundo.
Al llegar, la policía se encontró las persianas bajadas, una penumbra espesa y ese olor dulzón que, según las novelas del género, siempre anuncia a la muerte. Un piso de dos habitaciones, salón, cocina y un baño. Los cajones de los dormitorios, el de matrimonio y otro más pequeño, empapelado de azul y con cenefa a media pared con dibujos de nubes, estaban abiertos y vacíos. Durante aquella inspección ocular, un burmilla, de pelo sedoso y carita de pena, no paró de colarse por entre las piernas de los agentes, rompiendo la solemnidad del trance con el inoportuno tintineo del cascabel y un desesperante quejido.
En el salón encontraron el televisor con niebla en la pantalla y, junto al reproductor, la carátula abierta de una conocida película de Frank Capra. Entre los rígidos dedos del individuo que yacía desangrado vena abajo en el sofá, también hallaron una carta, firmada por una tal Anabel, que terminaba con estas frases: «Ya no me pegarás más, cabrón. Ahí te quedas con tu gato... Feliz Navidad.» 
Lo primero que ordenó el sargento fue que le pusieran agua al minino, a ver si conseguían callarlo de una vez por todas.

jueves, 23 de noviembre de 2017

A primera hora de la mañana

Al llegar al semáforo ella ya estaba allí, en su coche blanco, a una hora en la que la mañana apenas despuntaba entre fríos bostezos. La primera vez nos hemos mirado por casualidad, por puro instinto. Yo he girado la cabeza hacia mi derecha, justo cuando ella lo hacía el espacio que mi viejo Passat acababa de ocupar. Solo ha sido un instante pues el pudor ha hecho que ambos, como movidos por el mismo resorte, volteáramos al unísono la vista hacia el frente. Pero unos segundos después, alentado quizá por la cálida música que en ese momento emitía Radio 3 y atraído por aquella primera y fugaz impresión, he vuelto a mirarla. Y allí estaba, sonriendo con divertida timidez al saberse observada, con sus esponjosos rizos cubriendo sus mejillas, con su naricilla hermosa y sus jóvenes labios; con toda una vida ajena a mí por delante. 

jueves, 21 de septiembre de 2017

Confesiones de un autor

«Los domingos me provocan la misma desconfianza que las chicas con tacones de aguja». Quien lo dice suele vestir arrugado, fuma como en otro tiempo y arrastra en su rostro un cansancio que nació con él. De normal, por su oscuro trabajo va igual de armado que un cielo otoñal preñado de nubes. Lo imagino esquivo, aunque honrado, y sensible, aunque parco. Lo imagino también con el alma llena de muescas y la memoria embarrada en carmín.
Mi personaje ha amanecido con una mujer en su cama. Hace poco más de una semana que la conoce y anoche fue la primera que pasaron juntos. A ella se le nota feliz y, por su semblante sereno, se diría que parece dispuesta a correr el riesgo de seguir conociéndole. Aún no he decidido cómo va a responder él cuando unos pocos párrafos después ella se ofrezca para amarle. 
—Tenemos todo un día por delante. Podríamos desayunar e irnos a pasear un rato por la playa; comer en un chiringuito y luego echar una siesta. Me encantan los domingos. ¿Y a ti pregunta ella con una sonrisa cómplice y juguetona emergiendo de debajo de las sabanas.
—Los domingos me provocan la misma desconfianza que las chicas con tacones de aguja —responde él sin dejar de mirar el techo del dormitorio. Un tanto ausente. 
El cuento avanza lento. Estoy perezoso y aún no he desayunado.