jueves 5 de noviembre de 2009

Como el humo

La mujer se debate en su propia dejadez. Deambula por la habitación fumándose su desmadejada existencia, y es envuelta en ella donde vive ahumada y espesa. Se cree vieja, y se sabe desgastada y rendida.
En la casa también hay un joven que, a esta hora pecaminosa y furtiva, rebusca sigilosamente ropa en su armario. La va metiendo en una bolsa de deporte azul, tratando de no hacer mucho ruido para no despertar a su madre. Se prepara porque esta noche, una vez la vida se vuelva quieta en esta casa amargada y en desorden, saldrá de viaje con Noelia. Él se escapará y ella, creyendo estar enamorada, le acompañará en su huida. Ambos, eso sí, coinciden en estar un poco hartos de ser sólo jóvenes.
Pese al cuidado que el hijo le pone, la madre, que en realidad lleva años sin llegar a dormirse del todo, ha oído ruidos y se ha levantado de la cama con cierta desgana. Ha recorrido descalza el estrecho pasillo que separa ambos dormitorios, y se ha plantado en el dintel de la puerta, rompiendo con la luz de la llama de su cigarro la agria penumbra que envuelve la escena. Al cruzar las miradas, ella le pregunta que qué es lo que hace. Él le responde con un, me voy mamá, que pretende ser seco, aunque resulta titubeante. Tras unos segundos de torpe silencio, la madre da una calada nerviosa, y vuelve a hablar tratando de templar sin éxito su voz. Así que te ibas a ir como hizo tu padre, sin despedirte siquiera.

jueves 29 de octubre de 2009

El eslabón invisible


El sol caribeño anda totalmente desconcertado. Otras veces celestino, ahora, sin embargo, no entiende por qué esa pareja no le da rienda suelta a los mimos, las miradas y los besos. Por qué el lazo que une a esas dos personas resulta invisible incluso a la vista de ellas mismas.
El caso es que ella necesita sentirse enamorada de él, como señal de que cambiar de vida es posible. Haciéndolo, dejándole entrar por entre las rendijas que siempre existen hasta en los convencimientos más estrictos, se demostrará a sí misma que quien ama tiene más posibilidades de ser amado, que se puede encontrar la dicha en esas cosas sencillas que tanto se alejan del frenesí, y que hasta los más amargos recuerdos de amores pasados, acaban sucumbiendo frente a la devastadora poesía de las nuevas caricias.
Por su parte, él necesitaría, ante todo, creerla. Distante como un susurro y frío como un témpano de hielo, jamás pensó que la belleza de una mujer pudiera traer algo que no fuera un montón de problemas, de ahí que desconfíe ante unos ojos sonrientes. Es un hombre solo. Un hombre refugiado en su trabajo. Un tipo de ésos que, como piensan que la dependencia debilita, aparentan necesitarse a sí mismo más de lo que admitirán jamás necesitar a otras personas.
Por todo lo dicho, entre ellos ha surgido antes la tensión que la atracción. En lugar de rendirse a sus inteligentes instintos, ambos han establecido un acuerdo de mínimos que les convierte en compañeros antes que en amantes. Han conseguido por tanto, que ese sentimiento soterrado bajo los cascotes del deber, les haga ser la pareja perfecta, el binomio ideal para que nadie descubra que lo que realmente les une no es una estrecha y compacta relación profesional, sino el desmedido amor que se profesan.


Notorious.- 1946.- Alfred Hitchcock

jueves 22 de octubre de 2009

Éramos casi inseparables

Me cuesta revivir estampas infantiles en las que no compartamos escenario o aventuras. Buscándolas, no encontraría fotografías en las que aparezcamos por separado. Incluso en la adolescencia, donde la febril naturaleza te hace pretender la intimidad, Pablo y yo mezclamos nuestros fantasmas y nuestros deseos, sin ningún pudor y con frescura.
Lo cierto es que mi madre nunca supo muy bien si tuvo dos hijos, o si solamente tuvo uno repetido. Pablo y yo éramos algo más que gemelos.
La noche de mi despedida de soltero, con más alcohol del necesario y en un aparte nostálgico que hicimos, le dio por recordar aquellos baños estivales que de críos nos pegábamos en la balsa que quedaba cerca del chalet de los abuelos. Recuerdas los chapuzones en la balsa. Claro que los recuerdo, le dije subrayando la memoria con una sonrisa. Recuerdas cómo nos secábamos al sol, lentamente. Cómo nos queríamos. Me preguntó lloroso. A mi no me gustó el tono quebrado de su voz, más parecido a un reproche que a un lamento, así que entré de nuevo en el puticlub, donde nos esperaba el resto del grupo, y le dejé enjugándose los ojos bajo el relente de la madrugada.
La idea de mi noviazgo no le hizo ni pizca de gracia, algo que descubrí a última hora. Sin embargo, desde un inicio pareció que Pablo y Silvia hacían excelentes migas, o eso quise pensar yo, que no soy nada dado a preocuparme de segundas intenciones. Iban juntos a todas partes, del brazo, juguetones, o besándose de aquella forma en la que se besan las personas que se quieren. Y yo me mostraba encantado de la vida.
La noche en que maté a mi hermano, los pillé follando en el sofá de mi casa. Cuando Silvia me vio entrar, lanzó un grito avergonzado y salió sollozando del salón, desnuda, camino al aseo. Desde mi estupor, con cierta resignación le pregunté a Pablo si la amaba. Con una sonrisa displicente en los labios, él me contestó que ni mucho menos, que incluso estaba más cerca de odiarla que de otra cosa. En ese instante, fui presa de un arrebato.

jueves 15 de octubre de 2009

La costumbre de perder


A Dix le pasa lo que les pasa a todos los campesinos con vocación de serlo, que cuando ven frustrados sus deseos, bien por culpa de la mala suerte o bien por culpa de la bancarrota, se desesperan. Unos tiran entonces por el camino de la humildad y, arrastrados por el lastre de su tristeza, llegan a hundirse. Pero otros, como hizo el bueno de Dix, se rebelan y se hacen pistoleros. Hay que decir que, por lo general, éstos también acaban hundiéndose por una cuestión meramente física. El plomo pesa mucho.
Dix es un tipo tan descreído como parco. No tiene futuros, sino nostalgias, y no le da concesiones a la vida, sino que es él quien se las suele arrancar a ella a golpes pero sin avaricias, de una en una, con la única ambición de que le sirvan para seguir vivo una semana más. Es un tipo acostumbrado a jugar en desventaja. Cuando apuesta, normalmente pierde, y cuando gana, acaba gastando lo poco que tiene con el endeble pretexto de que es muy poca su fortuna para guardarla.
A Dix, por ejemplo, no le gusta que le quieran. Piensa que no vale la pena. De ahí que Doll, que de ser una muñeca sería de esas que lloran cuando se les aprieta el brazo, al amarle profundamente, sólo esté cometiendo un acto en vano. Y es que a Dix su servilismo le abruma. Sólo ve en ella el retrato del fracaso, una insignificante bagatela con la que no puede quedarse, so pena de acabar admitiendo su propia insignificancia y su sino perdedor. Le tiene cariño, es cierto, pero sólo el justo para ganarse algún que otro roce sin tener que pagar por él.
Mientras tanto, Dix espera y espera a que la fortuna dé un vuelco y le sonría. Ese día le encargarán un gran golpe, podrá alejarse de la incómoda llantina de Doll, y volverá a su casa para recomprar la granja familiar y aquel par de caballos pencos que tenía su padre.

The asfalt jungle.- 1950.- John Huston

jueves 8 de octubre de 2009

Arrebato

Una noche, tiempo después del incidente por el que me encuentro aquí encerrado, me soñé difuso, de virtud imprecisa, ingrávido. En la modorra que precedió al letargo, ya noté cierta sensación de imperfección, descubriéndome a duermevela con la misma inutilidad sospechosa que adquiere una chimenea en verano o un botijo sin pitorro. Y fue extraño pues, por lo general, suelo dormir sin sobresaltos.
Aquello debería de haber encendido las alarmas para prevenirme sobre lo que me esperaba en breve. Pero yo no soy mucho de adelantar acontecimientos, como me demostré al negarme a sospechar nada sobre lo que mi mujer y él se llevaban entre manos, hasta que los pillé infraganti. Así que esa dejadez tan propia en mí, ese vicio que tengo de solapar cualquier pensamiento que pueda provocarme la menor inquietud, hicieron que no les prestase la menor atención a aquellos sueños a los que cualquiera podría haber llamado malos augurios.
Ahora sé que, de haber atendido las señales que mi cuerpo me lanzó aquella incómoda noche que permanecí casi insomne, al dia siguiente, aquel hombre de toga apuntillada en las mangas y cadencia didáctica al hablar, no me hubiese sorprendido tanto al no apreciar la atenuante de arrebato que planteó mi defensa, y al acabar condenándome a quince años de cárcel por el asesinato de Pablo.
En cuanto a el porqué sólo maté a mi hermano y no también a mi mujer, eso ya es otra historia.

jueves 1 de octubre de 2009

Veneno en la sangre


Resulta que soy adoptado. Esta noticia ha hecho que hace un rato estallara en una carcajada explosiva y liberadora, originada por la alegría de saberme indemne de unos genes tan peculiares como peligrosos. Porque una cosa es saber que la que crees que es tu familia forma un grupo un tanto singular por lo excéntrico. Diríamos que si eres un escritor popular y reconocido eso es algo que se lleva con cierto sonrojo, pero al fin y al cabo se lleva. Pero otra muy distinta es descubrir que, además de rarita, la referida estirpe es sumamente criminal.
El caso es que yo no conocí a mis padres, es decir, a los que he venido creyendo que lo eran. Un par de viejas fotografías y algún que otro recuerdo forzado a base de lo que unos y otros me contaron, es todo lo que he guardado de ellos desde mi uso de razón. Y si bien a lo largo de mi vida había lamentado profundamente mi orfandad, esta mañana, al conocer la macabra noticia de que un montón de inesperados huéspedes yacían difuntos en el sótano de la casa familiar, casi que me alegré de ella, por aquello del respeto que uno ha de tenerle a sus ancestros.
De mi hermano mayor, bueno, del que he venido suponiendo que lo era, diré que ya resultaba despreciable de bien niño. No había animal al que no martirizara, ventana que no hiciese añicos, y vecino al que no importunara con algún que otro desprecio y otras muchas malas cosas. Y claro está, de ahí a los mil requiebros con la justicia sólo hay un paso. Menos mal que a consecuencia de esa criminal deriva, sus malas artes le han mantenido en chirona durante un montón de años, con lo que de esa comprometida influencia me he librado.
Considero que con lo dicho ha de ser suficiente para entender mi inesperada alegría ante la noticia de ser niño expósito. Pero si aún faltara algún despropósito que referir, diré que para rematar la difícil faena de lo incomprensible, para ponerle la guinda al pastel de esta suerte de familia de caínes con la que hasta ahora había vivido yo en la inopia, están mis dos tías. Las buenas y santas tía Abby y tía Martha. Madre mía.
Ah, se me olvidaba. También tengo otro hermano pequeño, o creía tenerlo. Se llama Teddy y, para no mentir, he de decir que éste es del todo inofensivo. Eso sí, desde un tiempo a esta parte, está convencido de que es el presidente Roosvelt.


Arsenic and old lace.- 1944.- Frank Capra

jueves 24 de septiembre de 2009

Isobaras

Las luces de la mañana prometían. Un tímido sol, tan otoñal como los anuncios prenavideños, lucía a primera hora imprimiéndole a todo un brillo cuanto menos amable. Coches y más coches. Ruido de vida reverberando por doquier. Intenciones adormecidas que van poco a poco tomando conciencia. La ciudad, ya despierta, bostezaba simpática todavía.
Pero más o menos al mediodía, cuando por primera vez salí de la oficina para dirigirme de nuevo a casa a comer algo, las alentadoras claridades diurnas parecían haber dimitido y el cielo apuntaba ya cierta opacidad. Un vientecillo molesto como un crío maleducado, removía la hojarasca y llenaba de abrojos los cabellos revueltos. El día se enfadaba y mi ánimo se venía abajo.
Así declinó la tarde, impertinente, desagradable, inoportuna, oscureciéndose por momentos y anunciando a voz en grito el diluvio que con posterioridad iba a caer.
De este modo, mi matinal y sincera predisposición a volver tener un día apacible, después de tantos y tantos meses tormentosos tras su adiós, devino poco a poco en miseria y languidez, hasta que alcanzó el precio de la nostalgia. Así, bajo un torrencial aguacero, iluminada mi derrota por tanto aparato eléctrico, volví irremisiblemente a echarte de menos, Laura.
Y en éstas estaba, cuando me pudo la gélida noche.

jueves 17 de septiembre de 2009

Oscuro, casi negro


Ayer soñé con las caras tiznadas de mi infancia.
A lomos de aquel espeso humo que entonces lo cubría todo, a través de...
How green was my valley.- 1941.- John Ford

jueves 30 de julio de 2009

Hermanas

Partido en oblicuo por un claroscuro, el crucifijo que preside la estancia es hoy una pura metáfora. Apenas se adivina...
CIAO

jueves 23 de julio de 2009

Cuando el tiempo duele


La plácida rutina de un barrio acomodado, tiene unos sonidos concretos. Suena a la temprana...


The desperate hours.- 1955.- William Wyler

jueves 16 de julio de 2009

Breve poema de amor

No cejaré en el empeño hasta conseguir que vuelva a ser mía. Si no lo logro,...

jueves 9 de julio de 2009

Sí, quiero



Para estar de vacaciones, Dinah se ha levantado un poquito antes de lo normal. Mientras se despereza,...
The Philadelphia story.- 1940.- George Cukor

jueves 2 de julio de 2009

Al final de todo, el mar


El turismo de segunda mano recorre la distancia que le separa de ningún lugar, con la lealtad que se le exige a todos los cómplices...

Francisco Machuca, escribió el comentario 73, Acherontia Atropos, el 81 y el 102.

jueves 25 de junio de 2009

Hasta lo más alto


Desde la azotea de un colosal edificio acristalado, de líneas aparentemente frágiles pero de porte imponente, Howard...

The Fountainhead.- 1949.- King Vidor

jueves 18 de junio de 2009

Alegoría

Ayer, al llegar a su casa, hicimos el amor en el baño. Para que yo no me entristezca, de un tiempo a esta parte...

* Me lo dedicó Marta.