La mujer se debate en su propia dejadez. Deambula por la habitación fumándose su desmadejada existencia, y es envuelta en ella donde vive ahumada y espesa. Se cree vieja, y se sabe desgastada y rendida.
En la casa también hay un joven que, a esta hora pecaminosa y furtiva, rebusca sigilosamente ropa en su armario. La va metiendo en una bolsa de deporte azul, tratando de no hacer mucho ruido para no despertar a su madre. Se prepara porque esta noche, una vez la vida se vuelva quieta en esta casa amargada y en desorden, saldrá de viaje con Noelia. Él se escapará y ella, creyendo estar enamorada, le acompañará en su huida. Ambos, eso sí, coinciden en estar un poco hartos de ser sólo jóvenes.
Pese al cuidado que el hijo le pone, la madre, que en realidad lleva años sin llegar a dormirse del todo, ha oído ruidos y se ha levantado de la cama con cierta desgana. Ha recorrido descalza el estrecho pasillo que separa ambos dormitorios, y se ha plantado en el dintel de la puerta, rompiendo con la luz de la llama de su cigarro la agria penumbra que envuelve la escena. Al cruzar las miradas, ella le pregunta que qué es lo que hace. Él le responde con un, me voy mamá, que pretende ser seco, aunque resulta titubeante. Tras unos segundos de torpe silencio, la madre da una calada nerviosa, y vuelve a hablar tratando de templar sin éxito su voz. Así que te ibas a ir como hizo tu padre, sin despedirte siquiera.
En la casa también hay un joven que, a esta hora pecaminosa y furtiva, rebusca sigilosamente ropa en su armario. La va metiendo en una bolsa de deporte azul, tratando de no hacer mucho ruido para no despertar a su madre. Se prepara porque esta noche, una vez la vida se vuelva quieta en esta casa amargada y en desorden, saldrá de viaje con Noelia. Él se escapará y ella, creyendo estar enamorada, le acompañará en su huida. Ambos, eso sí, coinciden en estar un poco hartos de ser sólo jóvenes.
Pese al cuidado que el hijo le pone, la madre, que en realidad lleva años sin llegar a dormirse del todo, ha oído ruidos y se ha levantado de la cama con cierta desgana. Ha recorrido descalza el estrecho pasillo que separa ambos dormitorios, y se ha plantado en el dintel de la puerta, rompiendo con la luz de la llama de su cigarro la agria penumbra que envuelve la escena. Al cruzar las miradas, ella le pregunta que qué es lo que hace. Él le responde con un, me voy mamá, que pretende ser seco, aunque resulta titubeante. Tras unos segundos de torpe silencio, la madre da una calada nerviosa, y vuelve a hablar tratando de templar sin éxito su voz. Así que te ibas a ir como hizo tu padre, sin despedirte siquiera.


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