jueves, 7 de junio de 2018

R.I.P.


Estás muerto. Te has muerto. Eres para mí todos los muertos anónimos de este puto mundo.
Eres ese viejo que murió postrado en su cama rodeado de la ausencia de quienes nunca le quisieron del todo. Eres aquél al que unos asquerosos rapados molieron a palos hasta hundirle el mentón bajo la cuenca de sus ojos. Por maricón. Eres el suicida reincidente que lo logra a la de tres, después de haber intentado cortarse las venas poniéndolo todo perdidito de sangre, y tras haber tratado de ahorcarse, con tal poco acierto al elegir la rama más frágil del árbol. Eres un soldado de remplazo cosido a balazos a las primeras de cambio, una anotación más en la planilla de la morgue, un mal poeta seco por la tuberculosis.
Eres el tipo que se estrelló con su motocicleta recién comprada y el abogado trepidante y chulito que la palmó de un paro cardiaco. Eres un represaliado político al que le han dado el paseíllo. Eres el que se llevó los tres navajazos en una reyerta pandillera y el yonqui esquelético al que encontraron bajo el hueco de una escalera con la aguja aún clavada en el brazo.
Eres un peatón atropellado al ir a buscar el pan, ese negro que no logra cruzar el estrecho y el sin techo que en breve morirá a golpes de vino peleón y soledad.
Que te quede claro, Raúl. Para mí ya no eres nadie. Desde el mismo instante en el que ayer te vi pasear calle abajo, cogido del brazo de ella, eres tan solo una lápida sin flores. Un nicho sin nombre.

4 comentarios:

LA ZARZAMORA dijo...

Sonrío.
;)


¿Cómo son algunas, eh?.

Un abrazo grande, Raúl.

A ver si me procuro tu último libro cuando llegue a Valencia.

Marcos Callau dijo...

¿Un amante despechado firma esta misiva o es la muerte la compañera que cuelga de tu brazo, calle abajo?

Estupendo. Saludos.

Bayardo de Campoluna dijo...

¡Joder!
Menos mal que es un despecho.
Mi amigo, me ha traído aquí la nostalgia; y gracias por mantener el blog. Lo necesitamos.
Muchas gracias por todo, Raúl. Para mí estás vivo en todas partes donde me encuentre tus letras.

Anónimo dijo...

Este relato siempre me ha parecido brutal.
Abrazos

María