jueves, 5 de abril de 2018

Café frente al mar en día festivo

Nos sobrevuelan cuatro gaviotas planeando en fila rigurosa, como ciclistas descendiendo. Un viejo pequinés apenas llega a ladrarle al único niño de toda la terraza; lo mira jugar por ente las sillas vacías, mueve el rabo lentamente y le dedica un gruñido ronco que más parece un estertor. Pocas mesas ocupadas para ser un día festivo. Hace frío, aunque no tanto, y el mar viste de un verde apagado. Aún no son las once de esta mañana tan gris, y una pareja de extranjeros -menos de sesenta calculo que tendrán- comparten con calma y sin demasiado amor una botella de champán. Ella lleva un abrigo de piel y él gafas anchas y demasiado oscuras para tan poco sol. Todo en ellos resulta un poco gatopardiano.
Apuro mi café con leche haciendo coincidir el último sorbo con el final de uno de los capítulos del libro que me he traído. Levanto entonces la cabeza, miro la nada con la nostalgia de tiempos mejores -pienso en la enfermedad de mi padre y en cuando era más feliz con ella- y me subo la solapa de la chaqueta para resguardarme de la brisa. Al fondo, a unos diez metros enfrente de mí, la madre del niño, guapa, joven y de aire distante, hace lo mismo con su abrigo. Frunce el ceño y pierde la mirada en el mar. Parece que recuerda algo. O que sueña.

2 comentarios:

Anónimo dijo...

¡Me ha encantado!

María

Santi S. dijo...

De lo más hermoso y evocador.