Mauricio se perdió por unos gemidos inesperados, unas sábanas que ya no olían a él y por el abrupto sonido de un disparo.
Y ahora no lleva maleta, siquiera un hatillo. Viste un abrigo raído y un pasado molesto y, con esas pocas prendas y las manos en los bolsillos, trata de esquivar su tormento adentrándose por calles que no le conocen y entre gentes que le miran poco o mal. No por asesino, sino por extranjero.
En la fonda en la que para, pintan el menú del día sobre el cristal de la puerta con letras en redondilla. Hoy hay sopa de menudillos y de segundo mongetes. La habitan trabajadores sin trabajo, puteros con más ganas que dinero para el vicio y un charlatán de los que acampan en las Ramblas vendiendo cuchillas de afeitar de esas que en lugar de rasurar laceran las mejillas. También es lugar de paso de algunos de los carteristas y descuideros que asaltan, cerca de Colón, el embobamiento de los turistas.
El sitio, donde no se come mal pero se bebe demasiado, está en una calle estrecha y umbría, donde apenas entra un minuto de sol al día para calentar los pocos sueños que se permiten los que allí viven. Sueños humildes, ramplones, baratos.
Lo más hermoso de esa calle son los rizos de Pilar, la sobrina del dueño de la fonda. Mauricio, que sólo se entiende con ella por señas, la observa con embeleso cuando se aposta en la acera de enfrente, con las palmas de las manos pegadas a la pared, para gozar de su ración diaria de sol. Por mucha pena que arrastre, es ver la sonrisa de Pilar bañada en la luz del mediodía, y a Mauricio se le disipan todos sus malos recuerdos.
La calle sin sol.- 1948.- Rafael Gil


+01.jpg)