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jueves, 11 de febrero de 2016

Fue en un hotel con vistas

Carolina ha llegado en el tren de las doce y cuarto. Ha sido entrar en casa y, sin preámbulos, se han empujado hasta caer en la cama y han hecho el amor sobre las sábanas estampadas de coquetas rosas rojas. Dice Carolina que estas sábanas le gustan porque son muy poperas, y Jorge, creyendo que con este gesto ya es suficiente para agasajarla, se acuerda y se las pone los fines de semana que ella viene. Hacía doce días que no se veían. Se llaman todas las noches antes de acostarse pero sólo se ven cada dos fines de semana por culpa de la distancia que les separa, por culpa del trabajo de ella y por culpa, sobre todo, del poco interés que Jorge tiene por hacer que las cosas evolucionen. Hace ya más de un año que forman un pareja un tanto atípica. El primer beso que se dieron fue hermoso y mentiroso al mismo tiempo. De él, a ella le gustó su porte solvente y su arisca masculinidad. De ella, a él, sus curvas y su cabello. Y sus ojos. Básicamente. Aquella noche, la primera del primer fin de semana de todos los que llevan compartidos hasta la fecha, se mezclaron en la cama de un hotel con vistas a la playa. La segunda noche, la del sábado, ella ya la pasó en casa de Jorge. (...)

Extracto de mi novela, "Un viaje solo parta hombres"

jueves, 26 de marzo de 2015

Al asomarme (Final)

Doce espectaculares minutos más tarde termina el experimento. El chelo emite un último sollozo, largo y contenido. Tras él, un emocionado silencio que se mantiene firme hasta que desde alguna de las ventanas se comienza a quebrar el éxtasis con unos tímidos aplausos. El barrio despierta entonces e irrumpe en una sonora ovación. Los artistas salen al centro de la plaza y saludan. Incluso los padres de uno y la esposa del otro manifiestan sincera emoción y derraman felices lágrimas. Los bravos y los olés no cesan. La gente se abraza. Sara y Rafa se besan queriéndose querer y Germán, desde la puerta de su taberna anuncia, con alejandrinos en la boca, una ronda a cuenta de la casa.
Oculto en la penumbra de mi habitación, creo ver como Marta dirige una última mirada hacia mi ventana. Sonrío.


FIN

jueves, 19 de marzo de 2015

Al asomarme (5)

La noche y el frío apresuran la impaciencia. Hay murmullos de inquietud, conversaciones a punto de zanjarse y ojos como platos. Tras el gesto convenido, las manos de Adela rasgan con suavidad el velo nocturno. A Pedro la música le evoca instantes sólo soñados. Piensa en Puccini y en esos mapas que cree que dibujó el compositor. Como hace siempre que está nervioso, y la participación de su hija en el espectáculo así lo justifica, Dioni cruza los dedos y recita a modo de conjuro unos versos de Longfelow. Siempre son los mismos.

Cobra el ánimo perdido, 
Vuelve esforzado a la lucha.
Gloria al hombre que combate
Siempre, y no desmaya nunca

Todo adquiere de repente un tono de grave calma.  Con una precisa coordinación, las máquinas se ponen en armonioso funcionamiento. Alentadas por la brisa, las virutas copulan con las chispas y ambas retozan entre la celestina textura de la pintura, mezclándose en una comunión incandescente que nos tiene a todos entre atónitos y maravillados. Cómplice de estos movimientos orgiásticos, el viento aumenta o disminuye su fuerza formando con el conjunto un efectista torbellino de color y de luz, que anega la plaza y tinta de histórica la noche. He aquí, en suspenso sobre nuestras cabezas, el inicio de la vida, la marabunta de las esencias, la nebulosa que dio origen al barrio. Pienso emocionado.
(Continuará)

jueves, 12 de marzo de 2015

Al asomarme (4)

En la esquina que forman los dos lados más largos del triángulo isósceles que es mi plaza, en una y otra acera y enfrente la una del otro, hay una carpintería y un taller mecánico. El carpintero se llama Luís y el mecánico, también se llama Luís. Comparten públicamente la misma pasión. Ambos, más o menos a la vez, descubrieron que su verdadera vocación era la astronomía y, desde entonces, a pesar de los tímidos remilgos de los padres del primero y la esposa del segundo, que lo consideran una pérdida de tiempo, se reúnen una vez por semana para representar plásticamente cuerpos celestes y constelaciones. Luís, el carpintero, tiene un ingenio que fabrica virutas con el tamaño y la forma que sobre la marcha él decida conferirles. Luís, el mecánico, entre ruedas, compresores y tornos, tiene un extraño artefacto que suelta las chispas más luminosas y con los colores más dispares que uno pueda imaginarse. 
Son las diez de la noche. Ante un público expectante, los dos luíses han sacado sus curiosos mecanismos a las puertas de sus negocios. Entre medias, justo en el punto medio de la línea que los separa, se ha colocado Jesús el pintor, quien hoy colabora con su máquina de echar gota. Adela, la hija mayor de Dioni, que es pecosa y tímida y está a puntito de terminar la carrera de música, les acompañará con su chelo desde la distancia prudencial del balcón de su domicilio. El experimento de hoy se llama: Tannhäuser. 
(Continuará)

jueves, 5 de marzo de 2015

Al asomarme (3)

Pedro divierte a todo el mundo menos a Conchita su mujer, a la que de un tiempo a esta parte tiene frita con la temeraria tesis -está empecinado en ella- de que la verdadera pasión de Puccini era la cartografía. A Pedro las palabras se le escapan de la boca, como a un collar roto sus cuentas. Es infatigable. Los días ventosos como hoy, esas palabras suyas vuelan caprichosas por el barrio y algunas de ellas se filtran al azar por las rendijas de las puertas y las ventanas de las casas. Hace un rato, por ejemplo, en la mía se ha colado la palabra allegro. He intentado agarrarla pero era muy escurridiza. Un instante después he visto cómo en el dormitorio de Marta, que queda más o menos enfrente del mío al otro lado de la plaza, flirteaba furtiva con su almohada la palabra tómbolo. Es una tontería, lo sé, pero me han entrado celos. Luego he visto cómo otra palabra más, que desde aquí no adivino, se quedaba pegada a la ventana del comedor de casa de Dioni y cómo dos de sus cinco hijos y Whitman, el perro lanudo que los guarda a todos, jugaban divertidos a lamerla a través del frío cristal. 
Pedro está algo delicado de salud. Ya no trabaja de albañil. Ahora se dedica a ser erudito y a llevarnos a todos la contraria. Todo el mundo sabe que un día no muy lejano se nos va a morir. Él también lo sabe, claro.
(Continuará)

jueves, 26 de febrero de 2015

Al asomarme (2)

Media tarde y la calle huele a azaleas. Será el viento. Desde alguna de las ventanas abiertas se desparraman las sugerentes notas de un chelo. Dioni sale de la taberna negando con la cabeza. Viste mono azul de faena y uñas negras. Se dirige hacia el portal de su casa con el talante descompensado. Las manos inquietas -ora sí, ora no- en los bolsillos. Apenas da cuatro o cinco pasos, y se detiene reflexivo para negar de nuevo y reanudar un segundo más tarde su inconstante marcha. Dioni es un tipo cordial pero un poco tozudo.  
Hoy la taberna de Germán esta llena hasta los topes. Entre quinto y quinto de cerveza, la concurrencia se enzarza en una apasionante discusión que gira en torno al controvertido tema de la supuesta influencia en la literatura universal contemporánea, de autores americanos de la talla de Faulkner o Dos Passos. Dioni no se pronuncia. No se atreve. Y al final se va pesaroso y con ganas de haber dado su opinión que, por cierto, divergía sustancialmente de la que con tanta vehemencia han sostenido Paco el electricista y aquel forastero atildado, que nadie sabe de dónde ha salido. 
Dioni llega ahora al portal y se detiene un instante avergonzado de su pobre empuje. Abre la puerta y se recoge.
(Continuará)

jueves, 19 de febrero de 2015

Al asomarme (1)

Marta anda con pasos cortos y prestos, de su mano, casi a rastras, viene colgado Tito. El crío tiene las mejillas en carne viva, cortadas a contrapelo por el rigor de este invierno seco y antipático. Por culpa de los guantes de lana que le ha calzado al chaval y los de piel que lleva puestos ella, el niño se le va escurriendo según avanza.
Los ojos azules de Marta se han encendido más o menos cuando lo han hecho las farolas de la plaza. A esa misma hora, Sara y Rafa cargan con una botella de butano. A ella le cuesta horrores seguirle el paso a su chico. No hace mucho que se casaron, se adoran, pero el noviazgo fue demasiado largo y a veces tienen la fugaz impresión de que entre ellos ya está todo dicho. Sara es hermosa. Rubia, de ojos negros y pechos enormes. En conjunto le falla un poco la voz, que la tiene un tanto amachorrada, pero esa peculiaridad la hace incluso un poco más deseable. O eso al menos piensa Pedro, a quien sepultado bajo un espeso gorro de lana y una bufanda infinita, se le oye ahora vocearles un buenas tardes desde la esquina. Pedro es pequeñajo y por eso grita mucho. Es también la mar de gracioso y cuenta unas historias divertidísimas que nunca son ciertas. 
(Continuará)