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jueves, 12 de julio de 2018

Calor sin ti


Aquel día que bajé a la playa -sería media tarde- el sol apretaba tanto que, para poder soportarlo, me obligué a pensar en Groenlandia.  
Como a quince metros de distancia de mi sudor, una chica se incorporó hasta ponerse de rodillas sobre la toalla. Veinte años. Vientre liso. Pecho discreto y firme. Desde ese equilibrio se atusó el cabello y se humedeció los labios con la lengua. Su melena era del color de su biquini. O viceversa. No recuerdo bien. Ante aquellos bellos versos, a la izquierda de mi otear, cuatro jóvenes detuvieron al instante sus bárbaros juegos. Miraron a la joven y les oí mascullar obscenidades y risas. En ese momento pasó un avión sin dejar apenas marcada su estela -con lo que me gustan las estelas de los aviones como metáfora nostálgica- y, junto a la orilla, unos niños estallaron de alegría cuando su madre les echó agua con un cubo de plástico. 
Miré a la chica, miré a los bárbaros, miré el avión sin estela, miré la inocencia del agua...
Continuaba haciendo tanto calor cuando cerré los ojos para mejor recordarte, que tuve que hacerlo imaginándome tu piel como el cristal de un botellín de cerveza fría, fría, fría... Congelada.



jueves, 25 de agosto de 2016

Agosto andaluz

Me asomo a la ventana acercándome a ella despacio, superando la línea de sombra fresca del interior con la cautela del prudente, con esa cuita con la que lo haría un vampiro con miedo a dañarse. Porque el fulgor que entra asusta y todo reluce saturado. 
La loma de enfrente, con su corona pelada, sus antenas repetidoras agujereándola y sus casas tan blancas en su falda, está repletita de sol; llena hasta los topes de un sol crujiente de chicharras incansables en su perenne protesta. Es tanto el sol, tan luminoso y elevado, que nada vivo se advierte rozando el mediodía; no sé si aquí los niños juegan, si no son de atrezo los árboles o si habrá aves que vuelen. Las palabras, por ejemplo, también las amorosas, se derriten antes incluso de ser pronunciadas, en esa fase prima del pensamiento. Hiere tanto el sol, y tan pronto, que en estas latitudes no hay mejor plan que soñar con atardeceres.


jueves, 1 de septiembre de 2011

La playa está casi desierta

(Última crónica de un verano soñado, si no vivido)
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Es en verdad una belleza racial. Con sus cabellos largos, mojados y oscuros, y su piel tan morena como si todos los soles juntos de tus treinta y pocos años la hubiesen bronceado hasta de noche.
Está sola. Viste un escueto bikini negro, con apenas un elocuente tanga, que muestra unas nalgas moldeadas con la rotundidad precisa y con el mismo tono carmelita que el resto de la piel de su cuerpo. A su cabecera, un bolso de paja, un libro de bolsillo y un envase de crema solar, que de tanto en cuanto utiliza con un delicado gesto que a mí me provoca locura.
Confieso que he elegido mi ubicación en función de la que ella ocupa. La playa está casi desierta, por lo que lo normal hubiese sido que me apartase dejándole la privacidad y el espacio que a buen seguro ha venido a buscar. Pero al verla boca a bajo, con ese contorno de curvas tan acogedoras, he disimulado alzando la mirada como si escudriñara el lugar en busca de un sitio mejor, y he acabado sin embargo instalándome a tan solo cuatro o cinco metros por detrás de ella y en diagonal a su cuerpo, por lo que éste me queda enfrente, ligeramente a mi derecha.
Luego, siento que la brisa me acaricia.
Llevo media hora incapaz de dejar de observarla; desde la planta de sus pies, a los rizos imposibles de su cabello, pasando por la cima de aquellas piernas de bronce y descansando un ratito en la suavidad de su espalda perfecta; cuando ella se percata de mí impertinencia. Al cruzar nuestras miradas he creído que iba a reprochar mi actitud, pero no lo ha hecho. En su lugar, lejos de ofenderse, esta mujer tan bella me invita a que me aproxime, haciendo un leve movimiento con la cabeza.
Y ya a su lado, puedo comprobar como de cerca su piel brilla aún más. Y que huele a mar y a verbena. Y que su pecho mediterráneo palpita tranquilo como el de una madre que amamanta a su lobezno. Así que me hundo en la verde profundidad de sus ojos y entonces la mujer me besa en los labios y en la frente, y una gota de agua salada resbala desde la punta de su cabello hasta caer en mi boca y saciarme. Después me acuesto a su lado, ella me acaricia la cabeza y, al amparo de su sabor, acabo dormido con una sonrisa infantil y benevolente.
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Cuando despierto, algo desubicado, Zac, que dormita a mis pies, alza el hocico y abre un ojo. Vigilante.
La tediosa lluvia de esta tarde ha cesado y hace un calor terrible, demasiado para el umbral de cualquier otoño. El sofá está tan empapado por mi sudor, como húmeda está la penumbra del salón de mi casa; húmeda, densa e inaguantable. La televisión marchita encendida. La película debe de haberse terminado hace ya tiempo y ahora echan uno de esos horribles programas de concursos, en los que los televidentes a veces adivinan la palabra de una inocente sopa de letras pero nunca ganan nada.

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El 23 de este mes, Elefantiasis viaja a Sevilla.

jueves, 25 de agosto de 2011

Rayos, truenos y centellas

Hoy he vuelto a bajar a la playa. Calor, color y más calor.
Anoche no pegué ojo. O algo me debió de sentar mal en la cena, o fue el café que no debí tomarme, o quizá el calor, sin color, sólo el calor inmisericorde que viene haciendo. Así que he bajado a la playa a tumbarme un rato, a ponerme la canción preferida de mis siestas; una preciosa, de Portonovo, que se titula “Las cosas lentas” y a tratar de echar una cabezadita soñando con sirenas.
Pero hacía calor -mucho calor-, no he podido dormir tampoco y, por pura rebeldía, de haber podido soñar con algo no lo hubiese hecho con sirenas, sino con truenos, con una de esas tormentas de verano de lluvia pegajosa e inesperada, llena de pirotecnia e incertidumbre.
Me gusta que llueva en verano. Cuando lo hace, desde crío siempre me he imaginado que mi casa está construida sobre un embarcadero, a modo de paraíso flotante. Sus paredes por tanto, las de la casa de mis dulces sueños tormentosos, dan al mar. Me imagino mirándolo a través de la ventana, sujetándome la barbilla y observando curioso como el cielo se resquebraja, un cielo de un gris amenazante pero hermoso, partido de vez en cuando por unas llamaradas que tiñen de confusión a los turistas de mi pueblo, que se preguntan si no aprovechar los gritos de San Pedro para dar por acabadas las vacaciones y ahorrarse con ello unas pelas.
Cuando eso me imagino, las gotas de lluvia percuten y se cuelan insumisas por las fisuras y las grietas de un tejado, el de mi casa, todavía por construir.
Pero ya digo que el milagro sólo se produce cuando llueve en verano, cuando consigo dormir a pierna suelta y termino por soñar que tengo una casa construida en un embarcadero, porque hoy, que ha vuelto a hacer un calor de mil pares de cojones, yo no he logrado pegar ni ojo.
En septiembre, Elefantiasis viajará a Sevilla

jueves, 18 de agosto de 2011

Maullidos y arañazos

Me lame con fruición, se duerme recostada en mi pecho y tiene los ojos azules como el mar.
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A pesar de todo, a mi última ex le debo alguna que otra cosa buena, esa es la verdad. Y una de las más importantes es que con su cabezonería lograse que a mí, que desde crío les he temido y, por tanto, también los he odiado, acabaran gustándome los gatos. Raspas se llamaba la gata que compartió con nosotros un sinfín de broncas y algún que otro arrumaco durante nuestra vida en común. Luego se fueron las dos juntas.
A los pocos días de la ruptura me di cuenta de que lo que más echaba de menos al llegar del trabajo, era el sonido del cascabel que nos anunciaba los pasos del felino. Es curioso pero, metafóricamente, en ese tintineo se resumía todo lo que yo encuentro de hermoso en vivir en pareja: lo cordial de lo doméstico, la calidez de ciertas costumbres, las sonrisas inesperadas, etc. Así que en el intento de volver a escuchar lo antes posible vida en mi casa, le dije a mi madre que encontrara alguien que me regalase otro gato. Tu estás tonto, me contestó.
El caso es que Zac, que así se llama mi gatita, y yo nos queremos desde el mismo instante en el que nos vimos por primera vez. Fue un flechazo en toda regla, con chispas en la mirada y temblores de emoción inesperados, y eso a pesar del desagradable lance que vivimos ambos cuando la recogí de dentro de la cestita en la que me la entregaron, pues la abracé y me la llevé al pecho en un gesto maternal y la gata se me meó encima.
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Y es que como ya he dicho al principio de esta entrada, a Zac le encanta lamerme, se echa las siestas veraniegas sobre mi pecho y tiene unos ojos del color del más idílico de todos los mediterráneos, con lo que a poco que juguéis a descontextualizar el asunto, entenderéis que con tanta virtud es imposible no adorarla. Yo al menos la quiero mucho y, supongo que, como la trato bien, le doy de comer cuando le toca y la he llevado al veterinario cumpliendo escrupulosamente el programa de vacunas, ella también me quiere a mí y es por eso por lo que me regala tanto mimo.
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He elegido esta fotografía de Zac pero bien podría haberme fotografiado los brazos, que los llevo llenitos de arañazos. Es hembra, así que eso ha de ser otra de sus maneras de decir cuánto te quiere. Me dijo el otro día burlona una vecina mayor cuando le enseñe las marcas.

Y en septiembre, Elefantiasis viaja a Sevilla.

jueves, 11 de agosto de 2011

Cine, cine, cine...

A estas horas la playa tiene ese mismo tono decimonónico y tristón que tenía la del Lido de "Muerte en Venecia".
A escasos cinco metros de mí, sentada en una sillita plegable, con sus rodillas juntas en un gesto pudoroso y elegante, una chica se aplica crema solar. Es rubia, de cabello rizado y hermosa. La observo furtivo detenidamente: el delicioso arco de sus clavículas, como se muerde de vez en cuando el labio inferior, ese curioso lunar que tiene en su mejilla derecha. Disfruto de su visión hasta que ella acaba sorprendiéndome. Entonces y durante unos segundos, su mirada inquisitiva y un tanto seductora, se cruza con la mía, curiosa y obscena, hasta que la vergüenza me hace firmar un renuncio y esconder la cabeza entre las hojas de un libro. Se parece a la Milady de Winter, de Lana Turner. Pienso...
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Uno de mis entretenimientos preferidos del verano, junto al de liarme a quintos con los amigos y al de darte si pudiera, mujer, mil pequeños besos en la nuca, es ver cine. Aunque sea en televisión, el cine logra las más de las veces animarme de una forma maravillosa las horas, lo que no está nada mal si uno se encuentra atrapado en una de esas perezosas fases vitales en las que cuesta horrores levantarse del sofá. Es aparecer los títulos, y al instante comienzo a habitar el traje y la piel de todos los hombres que nunca seré, que cantaba Sabina. Y es que sin ir más lejos, ayer fui el joven Julien de "Adios muchachos"; me paseé después por un Paris hermoso, de cartón piedra, de la mano de la dulce Irma; y sufrí más tarde con el insomnio de De Niro en "Taxi Driver", como si fuese yo y no él el ex combatiente amargado. Pero es que el martes, bailé ligero como Gene Kelly. Lo juro. E incluso el lunes por la noche, cuando ella ya se había marchado, me sentí uno de los Jets, enamorado de una hermosa puertorriqueña en el lado oeste de la ciudad.
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Después de una semana tan física y emotiva como la anterior, en la que me alimenté de piel hasta hartarme y en la que volví a compartir sonrisas sin pararme un segundo a pensar que tan solo se trataba de un goce fugaz, desde hace un par de días vuelvo a sentirme algo marciano y un pelín solo. Y como yo soy muy de hablar de todas estas cosas y a mis amigos de siempre los tengo bastante fritos con mis miedos, esas conversaciones de barra de bar envueltas en volutas oníricas y remojadas con combinados dry de celuloide, he decidido tenerlas ahora con Lemmon, o con la hermosa Ava Gardner, con Chaplin, con cualquiera de las Leigh, con Johnn Wayne o con el viejo Brennang, por ejemplo. Porque el caso es que, desde que ella se fue, en el aire flota un algo evanescente, una sensación fofa y hueca, como de sala de cine vacía.
En septiembre, Elefantiasis viajará a Sevilla.

jueves, 4 de agosto de 2011

Mail

19.17 h Una tarde cualquiera de la semana pasada. Desde un Smartphone. El agua está algo fría y también algo revuelta. Yo hubiese coronado su cofa con una bandera amarilla, sin duda más apropiada, pero en su lugar luce la verde. Supongo que esto lo hacen para que los bañistas se confíen, alguno se adentre más allá de la línea de boyas y una ola acabe llevándoselo al fondo del mar, matarilerilerile; que un ahogado es desgracia que en verano llena periódicos y luce mucho.
Pero se está bien aquí tumbado.
Como a mí me pasa pocas veces, cuando consigo apabullar a mi pereza y me lanzo valiente a la aventura de escapar de las poderosas garras de mi sofá, me siento enorme. Casi un titán. No te esconderé que tuve mis dudas sobe el logro de la empresa. Es cierto. Pero también lo es que una vez he extendido mi alfombra mágica en la arena, me ha invadido esa sensación mezcla de plenitud y cansancio que tiene el ciclista que alcanza la meta tras una etapa de montaña.
Ahora estoy escuchando música -en este istante suena Maga en mi ipod- y andaba leyendo un poco, pues me he traído aquella colección de cuentos de Calvino que me regaló Machuca. Veo pasar a las chicas, con sus pieles carmelitas y ese donarie al andar descalzas; levantando coquetas sus talones y pisando con la levedad de sus tímidas punteras. Algunas me recuerdan a ti y otras no tanto, aunque en todas hago por verte. También he intentado dormir un poquito. Le he dado la espalda al sol, he cerrado los ojos y he querido soñar que dormía sobre la arena de tu vientre, bajo la sombra de tus delicados pechos o al borde de ese oasis, menudo y sabroso, que es tu ombligo. No sé si lo he conseguido.
Y aunque no diría yo que esté siendo una mala tarde, en cualquier caso no tardaré mucho en irme. A esta hora en la que el sol comienza a deslucir tímidamente, me susurra una brisa fresca y el adiós de la gente le devuelve la mansedad a la playa, es cuando más noto que este espacio tan hermoso me queda demasiado grande. Miro a mi alrededor y sólo me veo yo. Menos mal que tu avión llega el próximo martes día dos.

* Como ya dije, en septiembre, ELEFANTIASIS viaja a Sevilla.

jueves, 28 de julio de 2011

Antonio Stewart

Tengo un patio interior en forma de triangulo isósceles al que no sé calcularle el área porque soy, y he sido siempre, de letras y torpe. En él, algunas tardes de estío, merendábamos un zumo de naranja natural y una tostada con aceite y sal. Ah, también tengo un vecino que se llama Antonio.
Antonio se parece más bien poco al actor, para qué engañarnos, ni tampoco es fotógrafo expedicionario, que era más o menos el oficio que tenía el personaje con la pierna rota de la famosa peli de Hitchcoock. Pero como le pasaba a aquél, a mi vecino también le chifla mirar por una de las ventanas de su casa que dan a esa curiosa isla de intimidades que forman la parte de atrás de todos los edificios de mi manzana.
Antonio, prejubilado por un problema de columna y con todo el tiempo del mundo, estos días de sofoco puede pasarse horas sentado junto a su ventana, leyendo algún librillo, dormitando su siesta o simplemente observando ese mundo de paredes traseras bajo la fresca brisa de la tarde; pues al estar orientado al norte, a partir del mediodía todo ese islote de ropas tendidas y sintonías de telenovelas, se convierte en una deliciosa umbría, ajena a los calores y al bullicio de la calle a la que da la fachada principal del edificio.
Nada se escapa al vicio de Antonio. Ni la humildad de mi patio triangular, con sus siete macetas, su mesa de plástico y sus cuatro sillas a juego. Ni la opulencia del de mis vecinos del B: rectangular y enorme, con mesa de teca para ocho, sombrilla pretenciosa e incluso piscinita hinchable. Ni las peculiaridades del de la vivienda que nos queda a la izquierda: una planta baja con una terraza que da mucho juego, para cenas y otras reuniones familiares, con un vergel en plantas que incluye un abeto centenario de más de diez metros de altura. Ni la abigarrada mediocridad del resto de patios y ventanas de todo este oasis, por el que transcurre una vida privada y oculta pero decorada con toallas playeras que se orean, con sábanas por secar y con ropa interior de colores, a modo de gallardetes.
Estoy convencido, de que es a la mirada indiscreta y constante de Antonio a la que le debemos que aún no hayamos matado a nadie en el mágico mundo al que pertenece mi patio interior.

* En septiembre, ELEFANTIASIS viajará a Sevilla.

jueves, 21 de julio de 2011

Algo se muere en el alma... que rezaba la canción

Los veranos no se inventaron para las despedidas. El invierno, que por algo rima con infierno, quizá sí. Pero el verano no.
En el verano las cosas llegan, no se van. Así, por estas fechas abrazamos la llegada del buen tiempo y recibimos la mies. Regresan los familiares por vacaciones y también aquellos amigos, ya casados y con hijos, que incomprensiblemente todavía se hospedan en el mismo camping en el que os conocisteis siendo unos críos, entre pedaladas, chapuzones y gusanos de seda. Llegan las mangas cortas y las piernas largas. Las verbenas, los festivales y la Virgen del Carmen.
Y sin embargo yo ando estos días de despedida.
En realidad, la persona que se va hace ya varios meses que salió de mi vida -en invierno, como tocaba- por lo que el luto emocional ya pasó su etapa más cruda envuelto en una bufanda. Pero es ahora en mitad del verano, cuando las pieles lucen morenas y las sonrisas brillan despejadas tras la siesta, cuando las circunstancias han hecho que se escenifique su adiós físico, que aunque no tiene tanto empaque poético como el otro, también jode lo que no está escrito.
Se va una persona que durante mucho tiempo fue la única persona. Una persona que fue mi epicentro vital, un ojo de huracán centrifugante de todo lo bueno y todo lo malo. Que fue a la vez mi toma de tierra y mi exceso. Y que fue musa. Descanso. Sopetón. Y debacle. Que fue también la primera lectora de mi primer libro, aquellos ojos pardos que exploraron los lindes, vírgenes por aquel entonces, de todos mis estúpidos relatos.
Sé que a ella, que ahora anda ufana en otras cosas, no le sucede lo mismo. Lo sé. Pero a mí, que un rencor sólo me dura un par de tragos y que además me cuesta horrores dejar de querer, la emoción de estos días me tiene anudado el estómago.
Que el verano no es tiempo de despedidas sino de recepciones, lo sabía bien Rohmer, que con el calor hizo que llegara la bella Pauline, no que se fuese. También lo sabía Mercero, y por eso se esperó a mediados de septiembre para matar a Chanquete.
A ti.

jueves, 14 de julio de 2011

Música para encontrarse

En unas horas me vestiré mis bermudas más viejas y mi camiseta domingueramente indie. Esta noche comienza el Fib. Las gentes de colores, con sus lenguas extrañas y sus delicadas pieles en carne viva por el sol, llevan ya toda la semana invadiendo las calles de mi pueblo; los Mercadona son un bazar, las playas están abarrotadas y los cajeros automáticos no dan abasto; pero será a partir de esta noche, a través de unos bafles que bombearán diversión, exceso y cansancio a partes iguales, cuando realmente empiecen a retumbar sus latidos. Larga vida a los Strokes, gritará alguien en un inglés más bien ronco y tabernario.
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Si su memoria no falla, el quince de febrero del año dos mil ocho fue viernes. Ese día viajó a la ciudad en donde vivía su pareja de entonces para pasar con ella el fin de semana. Recuerda que llevaban un año extrañísimo, lleno de desencuentros por culpa de la distancia, y que él no acababa de verle continuidad a lo común. Así que armándose de un valor que jamás tuvo, había decidido aprovechar su visita para dar por terminada la relación y no alargar lo que, aún queriéndose, parecía inevitable. Como es podréis imaginar, el viaje fue horrible.
Pero la cosa no salió como esperaba. Y es que ella, que a buen seguro no era consciente de sus intenciones, al margen de recibirle sonriendo como nadie más sabía hacerlo, le tenía preparado un regalo de esos que sin duda ayudan a calmar desalientos: había comprado un par de entradas para el concierto de una banda madrileña que por aquel entonces comenzaba a despuntar tímidamente, que él había descubierto con gran alborozo unos pocos días antes en Radio 3 y que casualmente tocaba allí esa noche. Se trataba de los Vetusta Morla.
El concierto, que se celebró casi en petite comité, fue la leche. A pie de escenario rieron, cruzaron miradas cómplices y liberaron en forma de besos y bailoteos espontáneos todas las tensiones acumuladas. Él siempre pensó que aquella noche teñida de descubrimiento -el del grupo y el de un encanto de su chica, ignoto hasta ese momento- le ayudó tanto a reubicarse, andando como iba totalmente desorientado, como a aprender a encaminar sus pasos en una dirección más adecuada. Quién sabe. La única verdad es que, ya de madrugada, acabaron en el hotel sellando de un modo instintivo y animal la suerte de su continuidad. No cortaron hasta casi tres años más tarde.
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Tengo una amiga muy especial que tiene una mirada preciosa. Ella dice que es fruto de su miopía.
Para mi cumpleaños, hace poco más de un mes de esto, la chica de la bella mirada me regaló el último disco de Vetusta. Se llama Mapas. Cuando me enteré de la noticia de su lanzamiento y del nombre del trabajo, no pude más que sonreír al verlo tan apropiado. Y es que no hay día -hoy, jueves de extravío, por ejemplo- que no haga por encontrarme entre sus canciones.
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jueves, 7 de julio de 2011

Intenciones

El pasado mes de junio participé en la Feria del Libro de Huesca. Los organizadores, por medio de una azafata de lo más simpática -soy fatal para los nombres- nos obsequiaron con una botella de tinto y un librito de Manuel Vilas. El vino era buenísimo.
(Muestro esa dejadez tan propia del estío y la desgana. Barba de un par de días, unas bermudas raídas y los pies descalzos. Querría imaginarme a Aldecoa, por ejemplo, de esta guisa, y no lo consigo.)
Pero el libro, recopilación de unos simpáticos artículos que el Heraldo de Aragón le encargó al escritor local con motivo de la Expo de Zaragoza, me ha dado una idea que espero minimice los efectos de mi verano. Y es que, aunque me declaro entusiasta de la manga corta y la piel morena, yo siempre acabo aburriéndome en estas fechas, pues nunca he sabido cómo gestionar mi exceso de tiempo libre ni cómo aceptar el fracaso de las altas expectativas que me creo tras la llegada de San Juan.
(Escribo esto mientras me sorprendo pensando en la incendiaria mirada de una mujer -aquella azafata- lo que, con el calor que hace, no deja de ser una paradoja, si no una temeridad.)
Si al aburrimiento canicular le añadimos que necesito desintoxicarme un poco de las texturas elefantiásicas de mis relatos de aquí, y le añadimos también que en esta época la dedicación al mundo bloguero disminuye considerablemente -por lo que sería una estupidez publicar relatos que casi nadie va a leer- quizá os cueste menos entender cuál es la deriva que he decidido que tome este barco hasta alcanzar septiembre.
(Ahora el ruido de las conversaciones que vienen de la calle me descentra y pierdo un poco el hilo.)
Una deriva -coyuntural, decía- que en resumen consistirá en ir publicando a modo de articulillos sin sujeción a mi disciplinada pauta bloguera, las cuatro letras de interés -si las hubiera- que podamos dar mi aburrido verano y yo mismo. Por tanto, yo diría que esto huele a confesión y a costuras descosidas. Ya aviso.
(Termino y desentumezco mi espalda, levantándome de la silla y asomándome al balcón de mi casa. Vivo en un primero. Desde mi atalaya, veo como dos amigas hablan apoyadas en un Ibiza. Visten veraniegas, con pantalones cortos y camisetas coloridas y algo ceñidas. No puedo evitar mirarles la vertical de sus pechos.)

jueves, 30 de junio de 2011

En la playa

El sol me maltrata sin tiempo siquiera para persignarme. Aprieta tanto, que a uno no sólo le provoca sed, sino que incluso le obliga a soñar con groenlandias para compensar tantos calores.
Como a veinte metros de mi sudor, más o menos, una chica se levanta de su toalla. Vientre liso, pecho discreto y firme, no tendrá más de veintitantos. La chica se atusa el cabello y se humedece los labios con la lengua, en un gesto de calor no exento de erotismo. Luce gafas oscuras y un pequeño biquini también negro con motivos blancos. O viceversa.
Unos niños ríen en la orilla. Casi berrean de alegría cada vez que su madre les echa agua de un cubo de plástico. Qué fría y divertida que es el agua, mamá, parece que le dicen a su madre con esas risas que casi resultan carcajadas.
El ruido de un motor me hace mirar al cielo. Pasa un avión que apenas deja estela. Yo hubiera querido ver su estela. Me gustan las estelas de los aviones como metáfora nostálgica.
La chica sigue de pie, luciéndose, mientras continúa atusándose su larga melena, negra como el biquini blanco -o viceversa- que lleva puesto. La miro y, de soslayo, observo como la miran también los cuatro chicos que quedan a mi izquierda. Hasta que ella se ha levantado le daban masculinas patadas a una pelota. Ahora, sin embargo, la pelota está quietecita a lo pies de uno de ellos y todos ríen y mascullan barbaridades en voz alta.
Jode tanto el calor, que cuando pienso en ti lo hago imaginándome tu piel helada como el cristal de un botellín de cerveza fria, fría.
* Una nueva etiqueta. Relatos, nada elefantiásicos, para este verano.