(Última crónica de un verano soñado, si no vivido)
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Es en verdad una belleza racial. Con sus cabellos largos, mojados y oscuros, y su piel tan morena como si todos los soles juntos de tus treinta y pocos años la hubiesen bronceado hasta de noche.
Está sola. Viste un escueto bikini negro, con apenas un elocuente tanga, que muestra unas nalgas moldeadas con la rotundidad precisa y con el mismo tono carmelita que el resto de la piel de su cuerpo. A su cabecera, un bolso de paja, un libro de bolsillo y un envase de crema solar, que de tanto en cuanto utiliza con un delicado gesto que a mí me provoca locura.
Confieso que he elegido mi ubicación en función de la que ella ocupa. La playa está casi desierta, por lo que lo normal hubiese sido que me apartase dejándole la privacidad y el espacio que a buen seguro ha venido a buscar. Pero al verla boca a bajo, con ese contorno de curvas tan acogedoras, he disimulado alzando la mirada como si escudriñara el lugar en busca de un sitio mejor, y he acabado sin embargo instalándome a tan solo cuatro o cinco metros por detrás de ella y en diagonal a su cuerpo, por lo que éste me queda enfrente, ligeramente a mi derecha.
Luego, siento que la brisa me acaricia.
Llevo media hora incapaz de dejar de observarla; desde la planta de sus pies, a los rizos imposibles de su cabello, pasando por la cima de aquellas piernas de bronce y descansando un ratito en la suavidad de su espalda perfecta; cuando ella se percata de mí impertinencia. Al cruzar nuestras miradas he creído que iba a reprochar mi actitud, pero no lo ha hecho. En su lugar, lejos de ofenderse, esta mujer tan bella me invita a que me aproxime, haciendo un leve movimiento con la cabeza.
Y ya a su lado, puedo comprobar como de cerca su piel brilla aún más. Y que huele a mar y a verbena. Y que su pecho mediterráneo palpita tranquilo como el de una madre que amamanta a su lobezno. Así que me hundo en la verde profundidad de sus ojos y entonces la mujer me besa en los labios y en la frente, y una gota de agua salada resbala desde la punta de su cabello hasta caer en mi boca y saciarme. Después me acuesto a su lado, ella me acaricia la cabeza y, al amparo de su sabor, acabo dormido con una sonrisa infantil y benevolente.
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Cuando despierto, algo desubicado, Zac, que dormita a mis pies, alza el hocico y abre un ojo. Vigilante.
La tediosa lluvia de esta tarde ha cesado y hace un calor terrible, demasiado para el umbral de cualquier otoño. El sofá está tan empapado por mi sudor, como húmeda está la penumbra del salón de mi casa; húmeda, densa e inaguantable. La televisión marchita encendida. La película debe de haberse terminado hace ya tiempo y ahora echan uno de esos horribles programas de concursos, en los que los televidentes a veces adivinan la palabra de una inocente sopa de letras pero nunca ganan nada.
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