jueves, 21 de septiembre de 2017

Confesiones de un autor

«Los domingos me provocan la misma desconfianza que las chicas con tacones de aguja». Quien lo dice suele vestir arrugado, fuma como en otro tiempo y arrastra en su rostro un cansancio que nació con él. De normal, por su oscuro trabajo va igual de armado que un cielo otoñal preñado de nubes. Lo imagino esquivo, aunque honrado, y sensible, aunque parco. Lo imagino también con el alma llena de muescas y la memoria embarrada en carmín.
Mi personaje ha amanecido con una mujer en su cama. Hace poco más de una semana que la conoce y anoche fue la primera que pasaron juntos. A ella se le nota feliz y, por su semblante sereno, se diría que parece dispuesta a correr el riesgo de seguir conociéndole. Aún no he decidido cómo va a responder él cuando unos pocos párrafos después ella se ofrezca para amarle. 
—Tenemos todo un día por delante. Podríamos desayunar e irnos a pasear un rato por la playa; comer en un chiringuito y luego echar una siesta. Me encantan los domingos. ¿Y a ti pregunta ella con una sonrisa cómplice y juguetona emergiendo de debajo de las sabanas.
—Los domingos me provocan la misma desconfianza que las chicas con tacones de aguja —responde él sin dejar de mirar el techo del dormitorio. Un tanto ausente. 
El cuento avanza lento. Estoy perezoso y aún no he desayunado.

3 comentarios:

Juan Herrezuelo dijo...

El cuento avanza lento, pero los domingos corren que se las pelan, con la ligereza de un corredor con las mejores zapatillas deportivas. Tus personajes harían bien en quedarse entre las sábanas: todo se hace más lento, deliciosa y juguetonamente lento...

Santi S. dijo...

¡Excelente!

Te asomas muy poco últimamente al mundo de los blogs. Menos mal que nos queda el Facebook :))
Abrazos.

Anónimo dijo...

Ya sé yo que odias los domingos. Pero que hagas que también lo odien tus personajes, se pasa de castaño oscuro.


JC