lunes, 20 de abril de 2020

Continuo (Final)


… A la hora de la cena los ecos de la euforia suenan ya lejanos. O inexistentes. O inventados. También la sonrisa y los labios reventones de mi vecina se han desleído con rapidez entre las primeras sombras de la tarde. Es lo que sucede cuando el sol declina con esa lentitud de los carceleros indolentes. Pero, aun entonces, por el oeste, sobre la línea y costura de las primeras montañas, el cielo adquiere hoy un ligero tono anaranjado que recuerda mejores atardeceres, lo que a estas alturas del confinamiento quizá no sea ni cuerdo ni apropiado. Qué cenamos hoy. No sé. Y en la mesa tendemos a repetirnos de forma inevitable; mismas pautas, iguales silencios, idéntico programa inane de fondo en la televisión. No vemos las noticias. Apenas vemos las noticias. Solo levantamos nuestras cabezas de autómatas del plato cuando oímos risas enlatadas o para ver fingidas muestras de amor en la pantalla. De vez en cuando cruzamos la mirada y sonreímos condescendientes. O insatisfechos, quién sabe. Pero nada más. Hubo otras noches en las que cenábamos fuera de casa, con amigos y risas menos forzadas, bebíamos vino en copas y charlábamos por los codos. Yo, con intensidad, sobre paraísos imaginarios. Ella, con mesura, de nuestro zozobrante paso por la Tierra. Ya no sucede. Mientras me lavo los dientes voy recordando aquello y pensando en el mullido sepulcro que es mi sofá. Las dos cosas. Hoy toca cine clásico y me apetece que lo disfrutemos juntos. Pero ocurre que, mientras yo veo atento la película, ella se la pasa mensajeando a la familia, algo que, si me apuras, es normal, porque está lejos. También su familia. Así que no es hasta que el The End aparece superpuesto sobre una casa en llamas, cuando nos volvemos a mirar y nos damos el otro beso del día. El de buenas noches. Es entonces cuando ella se va a la cama a leer y yo salgo un minuto al patio interior para escuchar los quedos lamentos de un cielo estrellado, y la monótona salmodia de un mundo de ventanas insomnes por culpa del mismo tedio invencible que también me anega a mí. Vuelvo al sofá un poco destemplado, me arropo con la manta y, para acabar de entrar en calor, me pongo a pensar en la tierna mirada de Joan Fontaine. Hoy tocaba cine clásico.«Anoche soñé que volvía a Manderley…»

10 comentarios:

Anónimo dijo...

Ya estaba esperando yo con ansias esta segunda parte. De forma sencilla creo que transmite perfectamente la angustia y la monotonía del momento. ¡¡Me ha gustado muchísimo!!

María

ethan dijo...

Algo bueno sale de este maldito confinamiento: que inspira a gente con talento como tú.
Abrazos.

Alís dijo...


Un tedio y una pandemia que puede causar la muerte no sólo de personas... también de relaciones. O tal vez sólo deja en evidencia lo que antes pasaba desapercibido entre risas y copas de vino.

Ese mullido sepulcro que es tu sofá me trajo el recuerdo del mío propio, que lo fue por años hasta que firmamos el certificado de defunción. También revolvió la herida otra frase: ...porque está lejos. También su familia.

Ya me da vergüenza decírtelo, porque me repito siempre, pero es que me encanta como escribes.

Besos

Anónimo dijo...

Podría, perfectamente, suscribir tus sensaciones y tus fantasmas.
Bravo.


JC

Carmela dijo...

Hola Raúl, he llegado a tu blog, desde la casa de Alís, y he leído las dos entradas "Continuo". Me han parecido estupendas. La forma tan gráfica de retratar este tedio que la actual pandemia ha creado en tantas y tantas personas. Un placer leerte.

Un saludo!

Mar dijo...

A veces las segundas partes también son buenas. Preciso y conmovedor relato de una relación que agoniza cuando los protagonistas se sientan frente a frente, solos y alejados, por decreto, del mundanal ruido. El recuerdo de Rebeca me ha traído también hondas sensaciones de un mundo ya transgredido, por fortuna, en el que a tantas mujeres se les tachaba de locas y se veían obligadas a un confinamiento duro, tenebroso y eterno. Mucho peor que el nuestro, porque ni siquiera les quedaba el consuelo de lo colectivo. Un abrazo, Raúl. Y muchas gracias.

Єѕтnoм dijo...

En blanco y negro, como la misma vida...

Єѕтnoм dijo...

En negro y blanco, como la misma vida...

CleveLand dijo...

Y así un día detrás del otro. Clásicos o modernos. Lluvioso o soleado. Besos de costumbre. Me aterra la vuelta a la normalidad por aquello de que cuanto menos haces, menos quieres...
Saludos!

Sandra Fernández dijo...

Todo el relato está impregnado de un aire de melancolía y monotonía que produce desasosiego.